jueves, 12 de mayo de 2022

Vuelta la presencialidad, ¿vuelto todo?

No querer ver ni oír que una mala sociedad es el reflejo de una mala educación, resulta la causa de los problemas que mantienen en permanente confrontación a sus ciudadanos. Si esa misma mala educación va en aumento – dígase, son más los malos educados – no sólo serán mayores, sino graves los problemas; entonces, irá decayendo lo poco que va quedando de la posible sana convivencia, así como la sostenibilidad, el desarrollo y demás. Lo que no describe un pesimismo, sino la cruda realidad que se le demanda ver y oír a todos a quienes se le ha designado un rol o conferido una autoridad a nivel societal porque sin su atención ni entendimiento se hace cierto tanto aquello de que todo se debe a un oscuro plan cargado de malas intenciones como a cobardías y desaforada mentecatez.                 

Si se mira hacia las escuelas, no basta que a éstas se las obligue a la elaboración de proyectos, planes e idearios de formación y/o educación integral, porque además de abarrotar de documentos los archivos, visto está que – sino todas – casi todas las escuelas no trascienden más allá de cuánto anotan y/o “actualizan” año tras año en el papel. Tampoco, basta cifrar una expectativa en la vocación docente, esperando sea ésta la que motive la trascendencia más allá de lo que se diga en tales anotaciones, porque también visto está, y salvo excepciones, que la vocación anda medio desnaturalizada, habiendo quienes la condicionan a la oportunidad de lo que ofrezca la ocasión. Entonces, lo que debe suceder aquí – aunque las escuelas sean a veces su propio verdugo – es empezar a negar esa posible mala creencia de que son vistas, por su autoridad educativa local, como “buenas escuelas” todas aquellas que se allanen a cumplir, así sea por cumplir, con toda la documentación y demás obligaciones que dichas autoridades le exijan o requieran. Acto seguido, deben establecer e iniciar la práctica cotidiana de todo acto, conducta y/o comportamiento que dé cuenta del sentido de equidad y codependencia entre deber y derecho cuando los mismos se ponen en ejercicio; ya que urge detener la creciente y acelerada distorsión, dada tanto en grandes (adultos) como chicos (aprendices), y por el que está malentendido de que cada quien puede hacer lo que le venga en gana por simple derecho. Asimismo, si por menester – devenido tal vez de la religiosidad, tradición y/o representación emblemática – hubiera ciertas escuelas ejerciendo esa práctica, definitivamente deben intensificarla porque está visto que el sentido humano y pedagógico de su propósito no prima, sino anda vuelta una práctica autómata: Del mismo modo, deben estar y ser todos quienes se vean involucrados, así como incorporados a la práctica. Urgen escuelas interesadas en caracterizar su realidad institucional, pero no más en cuánto se sirvan anotar en el papel, sino en cuánto a más se sirvan hacer de lo anotado. De lo contrario, vuelta la presencialidad a las escuelas, vuelto también los malos comportamientos y las malas conductas, pese a la supuesta mesura y moderación que una pandemia (por un virus mortal) debió provocar. Si se vuelve a mirar hacia las escuelas, si debe bastar que, a cada quien la conforma, y todos, si se los obligue a involucrarse e interesarse en prácticas distintas que eduquen más allá de lo académico y fuera de las aulas.         

Si se mira hacia los hogares, es cierto que los primeros aprendizajes, de quienes son hijos, es responsabilidad y obligación de quienes son padres, pero está visto que son más los padres ausentes, y ausentes aun físicamente convivan bajo el mismo techo con sus hijos; entonces, también son más a quienes se les hace difícil, no solamente la socialización con sus pares u otras personas, sino la obediencia o adaptación a los  buenos hábitos y buenas costumbres practicadas en la escuela, así como en cualquier otro posible recinto o lugar de socialización y restringido a normas o reglamentos. Si bien aquello de la primera educación se les demanda a los padres, también habría que considerar el hecho de que, no por nada, a las escuelas se las bautizó como “El Segundo Hogar”. Lo que sucede es que mientras siga extremada la sobrevaloración del derecho, seguirá habiendo quienes se desentiendan de sus obligaciones, sobre todo del principal interés personal de cada quien en aprender a cómo ser un mejor papá o mamá para sus hijos. Si se vuelve a mirar hacia los hogares, lo que debe ocurrir aquí es que quienes gobiernan, de una vez por todas, actúen con la firme decisión de respaldar y patrocinar a las escuelas en cuanto éstas acojan la iniciativa de educar más allá de lo académico y fuera de las aulas y en cuanto exijan e intervengan dentro de sus comunidades educativas a fin, cumplan ciertamente sus miembros con sus roles, y de haber aquellos que no saben cómo hacerlo, participen de las orientaciones y enseñanzas de cómo hacerlo o dejen el libre paso de educar a quien supiera hacerlo.

Si se mira hacia las autoridades educativas apostadas en el ministerio, departamentales y Ugeles, se sabrá que éstas sí miran y sí oyen cuando se atrevan a reconocer que en la comunidad educativa han promovido “derechos” a un extremo tal que ha traspasado sus límites hasta el increíble hecho cotidiano de haber quienes, tanto chicos y grandes, no dan cuenta ni arrepentimiento de cualquier posible indebido e incorrecto acto, conducta o comportamiento, y más bien se victimizan y exigen más “derechos” ante quienes los pudieran llamar al orden o la corrección.