lunes, 4 de abril de 2022

Enseñar no requiere título. Educar sí, pero...

 


Aclárese la excepcionalidad de los padres, como tema aparte, sobre el pregón del dicho: “quien sepa, enseñe”, con la finalidad de entender que no dice eduque porque “educar” requiere de un título de educador, el mismo que supone garantía de la preparación y capacitación de quien lo ostenta para distinguir la principal diferencia, y a la vez motivo de valoración, del pedagogo frente a cualquier otro profesional distinto al educador.

Ahora bien, y vista nuestra sociedad, los resultados de una mala educación en la escuela pública, no sólo son desalentadores, sino están describiendo la apatía, hecha rutina, de muchos y, pesarosamente, más profesores – salvo maestros – tal vez enseñando, pero no educando. Aquí, tanto Estado como docentes, no escapan de la culpa porque mientras uno parece abocado a ignorar que el modelo pedagógico no aterriza por la peculiaridad del abismal distanciamiento entre realidades tan distintas, pese a que todos somos peruanos, los otros, docentes, increíblemente hasta nos creemos expertos en lo que no funciona, no aplica y mantienen sus logros escritos en el papel.

Tengamos en cuenta que la escuela tuvo una razón precisa y conveniente para que la denominaran “el segundo hogar”, y declinar fácilmente o rehuir con inmediatez a la tarea de educar al niño o adolescente porque debieron “educarlo en casa”, seguramente no la fue. Demás está decir que tampoco lo fue porque se trataba de un albergue o institución de padres suplentes o adoptivos.

Si la escuela – incluida la comunidad educativa – fuera reflexiva frente a lo que le compete en cuanto a la educación básica de quienes han ido y están incorporándose activamente a la sociedad, daría cuenta también de las incidencias ocurriendo en tales hogares por principio de causa–consecuencia de quienes andan convertidos ahora en padres. Sin contradecir lo dicho, entiéndase que a la sociedad la norma y regula el Estado y tampoco ha sido capaz, siquiera por cuestión de orden y obligación, de intervenir – en su caso enseñar – a ser padres educadores a quienes hayan engendrado hijos.

Se ha llegado a un momento donde somos testigos del desafuero, transgresión y fechorías de gente tan acartonada de licencias o diplomas como de aquella tan privada de las mismas, pero tan semejantes y calcadas por la mala educación.

Entonces, para quienes somos profesores no lo seamos del montón, entendiéndose como montón el cúmulo donde parecen apilarse y aglomerarse quienes se someten a las órdenes y razonamiento de cualquiera creyéndolo su líder, y que en una de esas malas consecuencias del pandemónium a que hemos llegado salga elegido presidente de todos los peruanos. Para quienes somos profesores no lo seamos porque el título prescribe que se nos reconozca como tal, sino eduquemos sin darnos por satisfechos que el niño sabe leer y escribir o el adolescente resolver una ecuación porque nuestra sociedad está gritando la necesidad o falta de hombres y mujeres educados, pero en eso que nos distingue como mejores seres humanos.                  


domingo, 3 de abril de 2022

¡¡¡Y eso que es profesor!!!

Al 28 de Marzo del 2022 son exactamente ocho meses de gobierno de la gente de Perú Libre y sus aliados al mando del profesor Castillo. Durante ese tiempo es repetitivo en boca del presidente el uso de dos palabras: “educación” y “pueblo”, y por el tiempo transcurrido, vista una obcecación.

Asimismo, no cabe duda que al Sr. Castillo, no sólo un sector no lo quiso ni quiere como su presidente, sino se le han ido encima; y también por el tiempo transcurrido, vista una persecución para importunarlo y alcanzar acorralarlo hasta el atosigamiento que lo pudiera conllevar a un siguiente mensaje a la Nación donde renuncie al cargo de presidente.

A la par de los hechos descritos, transcurren los embelesados en sacar ventaja durante estos ocho meses de gobierno a la confianza, familiaridad, compadrazgo, amiguismo y condición partidaria o de paisano chotano con el presidente, para la adjudicación directa e indirecta de servicios, obras, asesorías y cuanto demás traigan consigo réditos pecuniarios; del mismo modo, colmar o acomodarse – si fuera posible en todos – los cargos y puestos de los sectores del Estado.

Con respecto a la educación, ésta ya fue anteriormente declarada en emergencia durante el gobierno del aún no extraditado y corrupto presidente Toledo. Entendiéndose por estado de emergencia lo que exige una inmediata y oportuna atención para que – dígase “el paciente” – no se agrave, sino se estabilice y vaya recuperando la salud. Sin embargo, han transcurrido dos décadas y las muestras son haberle recetado un paliativo o seguir en la cola esperando el turno de atención. Entonces, si el presidente Castillo anuncia, vuelva a anunciar y sigue anunciando que ha declarado la educación en emergencia, se podría creer que al fin no más paliativos o no más la cola de espera porque llegó el turno de atención; sin embargo, eso no pasa… ¡¡¡Y eso que es profesor!!!

Si lo que se repite hasta el cansancio es “educación” y “pueblo”, bien podríamos decirle al presidente Castillo que no lo diga más, sino haga más, porque justamente al pueblo que él refiere le han dicho tanto y demás que también se le puede ir encima sino se hace realidad lo que, una y otra vez, tanto repite.

Al pueblo hay que educarlo porque tal como decía el padre de mi padre: “a Dios se le pide sueño, no cama”. Sin dejar de entender que un sueño sobre un confortable colchón y buena cama es mucho mejor. Sin embargo, a la escuela pública, no sólo sin colchón ni cama, sino sin poder conciliar el sueño. En la gravedad del caso, ocurriendo incluso aquí cerca nomás.

Puede incrementarse el presupuesto en educación para la infraestructura y mantenimiento de escuelas, nombramiento y contratación de profesores y auxiliares de educación, materiales educativos, aumentos salariales y demás, pero el pueblo sigue mal educado. Eso no se dice. Es más, el presidente Castillo no lo dice… ¡¡¡Y eso que es profesor!!!

Pueda que la meritocracia y las escalas magisteriales estén rindiendo lo suyo, pero mientras no sean para siquiera avistar que el pueblo está siendo mejor educado que ayer, hoy se cumple aquello que define: “no están todos quienes deberían ser, ni son todos quienes deberían estar”.

Sin visionarios u observadores; es decir, educadores que han alcanzado esa maestría a la que refería Makarenko, la educación vagará sin reconocer quién es quién o quién puede serlo. Quien creyó en el señor Castillo se equivocó porque no tiene esa maestría… ¡¡¡Y eso que es profesor!!!