Es increíble cuanto de los conceptos que, hacen del hombre una criatura única y superior a todas las demás albergando sobre la faz de la Tierra, se distorsionan en cualidades exacta y opuestamente extremas, ocasionando daño y terror a su misma especie y otras demás; incluso, al lugar que lo alberga.
La evolución del
cerebro humano ha distinguido tremenda capacidad en el desarrollo de un cerebro
racional por sobre otro límbico y, anterior a éste, otro reptiliano. Sin
embargo, aparece en su historial que lo que sabe construir con una mano lo sabe
también destruir con la otra.
Para lo que nos
toca acá, en este suelo y realidad, parece que la cosa empeora porque, no sólo
seríamos la mala imitación de lo que se hace afuera, sino seríamos la peor imitación
de eso hecho afuera y, justamente, de malo.
¿Así de
exagerado y negativo?
No, así de real
y cierto. Y, ahí está el primer concepto distorsionado que circula en mente de
un gran sector de la gente cuando cree que al vaso – conteniendo agua a la
mitad de su capacidad – sólo lo debes mirar bajo óptica de “medio lleno” porque
de lo contrario estarías calificado de agorero, infausto o derrotista.
Medio siglo
atrás Carlo Cipolla, en su obra Educación y Desarrollo en Occidente, expuso que
al 2020 – en una aproximación de mi parte – el hombre deberá preocuparse por la
búsqueda de “virtudes” y no tanto de conocimiento. Al respecto, lo que sigue
desnudando la emergencia sanitaria, no sólo avala lo dicho medio siglo atrás,
sino parece no advertirlo – ni querer tampoco hacerlo – quienes están en este
momento dirigiendo el destino de todos los peruanos.
Una situación, vista
común y corriente, es la del caballero despojado de la caballerosidad. - ¿Qué
es eso? - ¿Se come? - ¡Qué anticuado! – Pero, agravada toda vez que a ciertas
damas – salvaguardando el respeto y las innumerables excepciones – cierto afán independentista
ha descorazonado y desencantado la caballerosidad con el desplante. El caso del
despojo está extendido incluso hasta su desarraigo en la señalética de “caballeros”
y “damas” por simplemente “hombres” y “mujeres”. Así de extremo.
Otra sería, por
ejemplo, haberse levantado una pancarta para la proclama de una libertad
absoluta que también ha extremado el hecho del despojo de los protocolos y el arrojo
por la borda de la reserva, cautela o como quiera llamársele – de distintas
maneras – a lo que siempre se enmarca y sostiene del denominado respeto en cualesquiera
de las ocasiones o momentos de la vida civilizada. Ahí están quienes son
capaces de escupir y vomitar lo peores insultos y agravios en contra de otra
persona, y al poco rato – sin remordimientos ni mea culpa – pedir una fría y
sosa disculpa como si nada hubiera pasado. El caso preocupa porque seguramente hay
una mayoría de gente pudiendo – en este preciso momento – estar replicando lo
siguiente:
-
¡Ya se disculpó!
- ¿Qué quieres?
-
¡No es para
tanto!
O, en el otro
extremo, diciendo:
-
¡Hay que exterminarlo!
-
¡Al patíbulo!
Definitivamente,
somos libres, así de sujetos. Estamos sujetos a la libertad que también tienen
todos cuantos están a tu alrededor. Tu libertad se limita a la libertad del
otro, y ese otro también debe darse por enterado que su libertad se limita con
la tuya.
En el hogar y la
escuela están los cimientos de lo que, así te digan lo que te puedan decir,
sabes tú que no es lo correcto. Son los espacios donde se ensaya la libertad,
dándose por enterado de la libertad del otro. Entonces, aprendida la lección difícilmente
serías capaz de los excesos que, a menudo, nos tienen insoportablemente
conviviendo en un mundo distorsionado.
A tanto de malo
parece ser que lo bueno es lo extraño. Entonces, y ya que solemos someternos a la
venia y presión del grupo social, se hace lo malo para que la mayoría no te diga
ser extraño, aunque no sea lo correcto.
A tanto de malo parece
ser que lo cotidiano es lo extraordinario. Entonces, surge la ligereza de
catalogar de memorable, trascendental y hasta heroico lo que no es sino la
labor o sentido común de las exigencias propias de cualquier actividad.
Cuentan ciertos
relatos de investigación que en un país del ártico, en tiempos donde predominaba el
analfabetismo en Europa, fue ese mismo uno de los más destacados en instrucción elemental y con el menor porcentaje de analfabetos en su población, puesto que su propio medio climático –
haciendo el día corto y las noches largas – tenía a sus habitantes mayor tiempo dentro de casa que fuera de ésta, y aprendiendo más que labores domésticas. Aunque no es exacta la razón climática
porque no ocurría lo mismo en la Siberia, si debe destacarse lo que para
quienes su posible adversidad fuera su oportunidad.
Pues bien, una
emergencia sanitaria ha alejado a nuestra niñez y adolescencia fuera de los
recintos de su escolaridad. Entonces, a ellos hay que hacerles saber que,
aunque la escuela y sus maestros están a lo lejos, hay mucho por aprender en
casa. Mientras a los padres y maestros hay que advertirles que hay mucho más por
enseñar que lo cotidiano en el horario de clases.
