miércoles, 15 de septiembre de 2021

¡¡¡Respétame por ser diferente!!!

Todos podemos ser tan iguales como diferentes; pero, son las diferencias las que nos hace a cada quien valioso.

Si bien somos iguales por nacer humanos; somos diferentes desde la concepción.

Desde que hay demanda por el derecho a la vida, lo debería haber igualmente en obligación por el respeto a las diferencias entre quienes justamente gozan de vida.

No soy igual a ti, ni tú eres igual a mí. Ambos somos cada quien por ser diferentes; sin ser yo más que tú ni tú menos que yo, y viceversa.

En el hogar transcurren los primeros momentos de vida; por tanto, es donde se enseña y aprende – entre tanto – a impartir el respeto entre sus miembros, empezando por respetar sus diferencias de acuerdo a los roles dentro del seno familiar. Seguidamente, de acuerdo a sus características físicas o corporales, emocionales o sentimentales, conductuales o actitudinales, de destrezas o habilidades y todas cuanto permitan el reconocimiento de cada quien para aprender a valorarse y valorar a los demás.

A diferencia del hogar, en la escuela concurren pares; es decir otros niños y/o adolescentes como él o ella y sin ningún tipo de vínculo familiar. Lo que deben advertir tanto padres como docentes en el sentido de hacer entender a sus hijos y aprendices que sus pares son tan iguales como diferentes, y las diferencias se respetan.

En el hogar, el vínculo familiar motiva el respeto entre sus miembros – digamos porque lo que se ama se respeta –; entonces, la escuela debería prestar mayor interés en fomentar vínculos de familiaridad en el sentido del compañerismo. Para ello, debe saber que cualquier ocasión es oportuna para motivar las emociones de los aprendices, debidamente intencionadas, hacia la formación de sentimientos de afinidad, empatía y valoración entre ellos mismos y también los miembros de su entorno educativo. De ese modo, irá imperando el respeto – no tanto el que se condiciona bajo sanción – sino al que se ejerce con mayor consciencia cuando se actúa.

Tanto en el hogar como la escuela, el valor del respeto no se ciñe a demandarlo en voz alta bajo amenaza de un castigo o sanción. Tampoco – sólo y únicamente – cuando la ocasión lo amerite porque se vulnera el mismo.

En el hogar, quienes tengan la tutela de los hijos – padres, abuelos, Etc. – están obligados a dar muestras de respeto entre ellos mismos porque la primera educación se imparte con el ejemplo.

En la escuela, quienes tengan el encargo de educar deben considerar que cualquiera sea el momento de la convivencia escolar – incluso en transmisión remota – es oportuno educar en el respeto.

La propia interrelación es productiva de momentos a los cuales hay que prestarles atención para rescatar cualquier mínimo detalle propicio para la enseñanza y aprendizaje del valor del respeto, y con éste el respeto a las diferencias.

No basta que el respeto sea un tema asignado a tratar en algún bimestre o sesión de clases. Tampoco, que sea parte del reglamento impreso en la agenda escolar o inscrito en un papelógrafo pegado en la pared del salón bajo título de “Normas de Convivencia”. Menos aún, si está creída una tarea exclusiva del hogar.

Es un error pensar que los valores se enseñan y aprenden sólo ante su falta o ausencia.

Tanto en el hogar como en la escuela cada momento es oportuno para rescatar el valor del respeto, y más el respeto por las diferencias entre quienes por propia naturaleza humana estamos convocados a convivir en compañía y sociedad; por tanto, lo que tú eres, por cuanto resulte de tu descripción, es tu valor por el hecho de no haber otro como tú. Debiéndose aclarar que no es lo mismo cuando hay quienes, sus cometidas faltas, fallas u errores, devenidos del desempeño dentro de su grupo humano, las pretenden excusar con esa manoseada y acomodada frase de… “Así soy yo”.                     

                             

martes, 7 de septiembre de 2021

¡¡¡Vamos a jugar!!!

Mi pequeña sobrina de 3 años de edad, Alizée, me pide juegue con ella mientras sostiene en sus manos unas tapas plásticas de bebidas gaseosas con las que minutos antes estuvo entretenida.

A la solicitud de Alizée podría responderle que siga jugando sola, darle otros objetos o acceder y jugar con ella y sus tapas plásticas. Sin embargo, cada respuesta debería previamente ser advertida en cuanto a saber cuál sería la más apropiada y provechosa.

La vida está hecha de momentos y cada momento de tiempos, razones y circunstancias. Lo que es una primera advertencia porque dependerá del momento en el que trascurre, en este caso, el pedido de Alizée.           

Ahora bien, para quien es niño, y mientras lo sea de menor tiempo de edad, sus momentos de vida están abocados a la curiosidad y el descubrimiento. No hay un patrón. Entre tanto que observa, oye, coge, gusta y huele, hay mucho de lo que, no sólo llama más su atención, sino lo entretiene y divierte. Se dice entonces que juega, siendo el juego sus mayores momentos del niño.

Responder a Alizée que siga jugando sola es lo que comúnmente haría un adulto – digamos porque casi siempre no somos prestos a dejar de hacer con inmediatez cualquier cosa que en ese momento pudiéramos estar haciendo – y eso pasa por un instante como producto de una reacción inmediata e impensada, pero luego, y con la misma inmediatez, debemos situarnos en el plano del pensamiento para advertir si realmente se justifica la respuesta.

Buscarle otros objetos para que ella vuelva a lo suyo, distrayéndose sola, es también lo que comúnmente haría un adulto – digamos porque es el modo de sacársela de encima, bajo fachada de contribuir con la generación de su independencia – y eso pasa porque solemos ser algo reacios cuando se trata de asumir una responsabilidad por completa. Casi siempre esperamos las facilidades del caso o que lo haga otro.

En cambio, no hay momento más significativo e insuperable para un niño que jugar con él o ella porque lo emociona, crea lazos de afinidad y se registra el momento en la categoría de inolvidable.

Jugar con un niño es tan importante como preocuparse porque no le falte el alimento y vestido. No requiere mucho tiempo sino instantes de emoción con quienes se supone dicen amarlo y protegerlo.

Jugar con un niño no está sujeto a la rigidez o estricto cumplimiento a las reglas porque no hay mejor juego con el niño que aquel que se puede imaginar o inventar en el momento para convertirlo en instantes de diversión.

Ningún juego es insano. Jugar no implica daño. Lo insano y dañino nunca será un juego.

Tal vez haya adultos creyendo que sus momentos de vida no son más un juego. Pues, si logran entender que jugar no es exactamente por naturaleza del niño sino naturaleza humana quizá podrían probar, por ejemplo, con el posavasos que tienen en el escritorio y hacerlo girar cada vez a más velocidad o si está en la oficina girar 360° si su silla es giratoria, claro.

Definitivamente de niño se juega más, y cuanto más pequeño sus mayores momentos de vida son el juego. Luego, irá creciendo y los amigos y la escuela le irán exigiendo tanto formalidad en el juego como atención a otros temas. Eso es parte de la vida, pero lo es también nunca dejar de jugar siendo niño o adulto ese juego que nos hace libres de imaginar justamente que somos libres para jugar.

- Tío, ¿vamos a jugar? - Alizée 

- ¡¡¡Vamos a jugar!!! - yo