Es impresionante el choque entre el deseo y el rechazo de volver a las aulas. Pero, la impresión yace en el sentido del apresuramiento – dígase inconsciente – de caer fácilmente en la hostilidad por un enfrentamiento que no sopesa justamente el hecho de que hasta por cualquier mínimo asunto nos enfrentamos en una vehemente rivalidad. Al respecto, consideremos que excepto las circunstancias estimulantes del eustrés, donde la respuesta al estímulo es inmediata por correr a favor de distintos factores de nuestra vida cotidiana, casi todo lo demás exige una pausa, un respiro, un reparo o cuanto conlleve al sostenimiento cabal que somos y también tratamos con seres racionales.
Si bien el adulto decide por quien no tiene la
mayoría de edad, en este caso sus hijos, la familia y la sociedad no es un “mundo
de adultos”. Sin embargo, la realidad indica que, especialmente aquellos con el
poder dado para decidir por los demás, tienen la idea en contrario.
Antes del encierro por pandemia el nivel de
igualdad de los niños y adolescentes, con relación al acceso a la educación,
podría decirse que era parejo, sólo si a su presencialidad en la escuela se tratara
porque, de ahí, si se hablase de la calidad de la enseñanza aprendizaje, hasta esa
fecha no ha habido gobierno ni ministerio que pueda con lo disparejo del caso.
Entonces, ocurre que volver a las aulas es igualmente favorable en tema de
presencialidad, pero desigualmente desfavorable en tema de calidad de la
enseñanza aprendizaje. Dicho de otro modo, volverán a lo mismo, y eso mismo es volver
a donde algunos seguirán recibiendo una buena educación y muchos, tal vez, a
una escuela solamente “limpia” por impericia de quienes pueden decidir por lo
demás sin querer o no poder entender qué necesitan realmente esos demás.
Por supuesto que entre la virtualidad (sólo
para quienes pudieron accederla) y la presencialidad no hay punto de
comparación porque las mayores experiencias enriquecedoras para el aprendizaje
ocurren en la presencialidad, siendo éste el mejor argumento pedagógico para
volver a las aulas. Sin embargo, si quienes hoy tienen el poder para decidir
por los demás, bajo creencia de que este es un “mundo de adultos”, y también bajo
creencia de que el líder sindical del magisterio es sinónimo de líder
pedagógico, el tiempo y la oportunidad para el cambio volverá a desperdiciarse.
Ahí tenemos, por ejemplo, la interpelación y debate ocurriendo en el Congreso, tal
vez muy interesados en la educación pública de calidad, pero donde llegada la
hora del almuerzo todos quienes debaten olvidarán el caso, y llegada la hora final
de la interpelación y debate, todos marcharán a sus casas sin más satisfacción –
en ese su mundo de adultos – que haber interrogado (los congresistas) y haberse
defendido (el ministro y otros congresistas).
Para lo que es la escuela pública, volver a las
aulas no implica baldear pisos y limpiar carpetas, implica entender que no encaja
tanta propaganda educativa de meritocracia, capacitación, orientación, implementación,
proyecto, plan y demás, frente a los pésimos y lamentables resultados, no exactamente
de una evaluación nacional o internacional, sino de los hechos palpables de lo
que estamos denotando como sociedad a consecuencia de una mala educación de su
gente.
El primer paso para volver a las aulas,
tratándose de la escuela pública específicamente, está conllevada a la
reflexión de quienes son los más próximos personajes modelos en la vida de
cualquier niño y adolescente; es decir, sus padres o seres queridos y sus
profesores. Reflexión que consiste en hacer cada quien su tarea, pero no por el
simple hecho de la obligación (padres o seres queridos) o el monto de la paga
(profesores) sino por el hecho de que alguna vez los adultos hemos sido niños y
adolescentes, deseosos de saberse hijos de los mejores padres y alumnos de los
mejores maestros. Aquí, no hay más que empezar a serlo por amor y respeto a sus
hijos y alumnos.



