lunes, 23 de agosto de 2021

Retorno a la aulas, ¿sí o no?

Las escuelas están vacías desde hace más de un año, y hoy hay padres exigiendo vuelvan sus hijos a ocuparlas como otros amenazando a quien les diga volver.

El año pasado otro fue el asunto, y éste con respecto a cuánto menos pagar de mensualidad ya no por clases presenciales sino online.

Si se presta atención no es exactamente sobre la escuela pública y sus aprendices los involucrados en estos hechos. Entonces, por ahí está el asunto a considerar antes de declarar si se está a favor o en contra del retorno a las aulas porque entre uno y otro, no sólo hay distantes diferencias, sino parece tampoco importar las mismas.

Mientras hay escuelas educando, bajo el ejercicio de la autonomía institucional prescrito en la propia Ley 28044 - Ley General de Educación, hay también las otras, escribiendo más en el papel y formando el mayor conjunto.

Definitivamente la interacción personal juega su mejor papel en lo presencial y el confinamiento prolongado es dañino. Por lo que retornar a las aulas será favorable. Sin embargo, ¿será lo conveniente en este momento?

La amenaza de muerte por el Covid-19 puso como prioridad la salud. Aparecida la vacuna es lógico que sea mayor el deseo de volver o retornar a esa normalidad demandada. Pero, y hablando de la educación pública, no se ha recapacitado sobre qué sí y no para no volver a la repetición de una pedagogía que, por ejemplo, prioriza celebraciones por doquier (en todo lo que éstas demandan) creyendo así educar en integralidad. Asimismo, no estar aún vistas dentro de las exigencias, tanto de la autoridad competente como otra interesada en el retorno a las aulas, la vacunación del profesorado. A la fecha, sólo hay opiniones.

La escuela privada tiene sus ventajas, y por las mismas se ven a padres marchando por el retorno a la presencialidad. 

En la escuela pública no habrá más desventajas si hace más sino si hace menos de lo que no está educando.

La preocupación por la salud de los niños y adolescentes debido al retorno está acrecentada por el miedo propagado, si bien por la propia enfermedad, también por aquel impuesto intencionalmente a la población como posible limitativo de tan reprobables comportamientos y conductas de tanta gente vistas en pandemia.

El retorno a las aulas implica riesgo y amenaza. Por lo tanto, tales deben ser aminoradas, empezando por concientizar a todo adulto en su rol de saber brindar protección y seguridad al niño y adolescente, pero sin más confinamiento, sino siendo capaces de mostrarles respeto, dejando cada quien de hacerse el adulto abusivo, pendejo, bravucón, intocable, indolente, egoísta y todo cuanto sería la verdadera y mayor de las amenazas. 

El retorno a las aulas implica un reto, ése sería dar por cierto que los niños y adolescentes nos preocupan no tanto porque son el futuro del país sino principalmente un ser humano.

Hasta fin de año lo conveniente  todo ese momento es hacer del riesgo y la amenaza los menores posibles, y de la educación la más provechosa para Saber, Hacer y Ser.

Así que, señores Castillo, Cadillo, Cevallos y señora Alva y demás posibles involucrados... ¿Qué están esperando?

lunes, 16 de agosto de 2021

La virtualidad de lo virtual o remoto

No ir a la escuela implicó aparentar hacerlo, y esa es la llamada educación virtual o remota. Ésta, se acompaña de la virtualidad que es la eficacia o posibilidad para que lo aparente tenga resultados evidentes o manifiestos de que la educación virtual o remota funciona como tal, y en este caso también para la educación básica escolar pública.

El estado de emergencia sanitaria por la pandemia del Coronavirus está prorrogado hasta el 01 de marzo del 2022, lo que parece hará mantener todo este tiempo a la niñez y adolescencia en ese encierro casi absoluto que vienen pasando. Entonces, si es real la preocupación de no dejarlos sin educación, adviertan las escuelas su deber de enmendar ciertos quehaceres pedagógicos porque la virtualidad de lo virtual o remoto no está sino evidenciando aparentar sobre lo aparente. Al respecto, salvo excepciones.

Dar por hecho que todo andan bien suele traducirse en una negativa a la autocrítica. Las escuelas no están siendo autocríticas. Pecan incluso de excesivo optimismo, creyendo poder hacer todo tal cual el modo presencial sólo que ahora por las vías del zoom, whatsapp, televisión o radio.

El manejo del mecanismo de las herramientas tecnológicas no lo es todo si se trata de la virtualidad, ésta implica necesariamente pedagogía, y una pedagogía que recapacite sobre las prioridades académicas frente al hecho del encierro de los niños y adolescentes, ya que hay adultos que lo están malinterpretando como “tiempo de sobra” sobre el cual les asiste derecho a disponer de ese tiempo.

Es una contradicción que la escuela llene su propaganda del valor pedagógico dado a las emociones sobre el aprendizaje, mientras parece no despertarle ninguna emoción el hecho de lo que le significa a cada quien de los aprendices el encierro en cuanto a lo que les toca vivirlo desde que empezó el mismo.

Hay escuelas abarrotando el horario escolar hasta con lo extracurricular. Otras, disparando tareas tras tareas por el whatsapp, evidenciando que lo único pareciendo importarle – ahora del modo virtual o remoto – es darle prisa, para sí o sí, cumplir con la programación obligada por el Estado. Mientras tanto, transcurre la señal televisiva de un “aprendo en casa” que, en cuanto el niño o adolescente no se ve vigilado, hace suyo el control remoto para el zapping, y no los culpo porque también lo he hecho al darle una ojeada a la programación de clases. En cuanto a prestarle oído a la radio… - ¿Qué dijo? ¡No se oye! ¡No entiendo!  

No hay duda haya algunas pocas escuelas públicas y tal vez muchas no públicas haciendo bien lo suyo, y bien por a quienes les toca ser sus aprendices. Pero, no debe ser así en un país donde la propaganda es la educación con equidad, igualdad y demás cualidades. No se crea tampoco que anterior a lo virtual o remoto todo transcurría sin novedad. Desde aquí nace justamente el gran problema de las posibles fallas de la virtualidad de lo virtual o remoto porque, hoy, las cosas las están queriendo hacer tal cual la hacían ayer.                   

Al profesorado lo he visto haciendo de las suyas – en el buen sentido de la frase – para interesarlos, a sus aprendices, a aprender para Saber, Hacer y Ser frente a los retos de la vida, y – en metáfora – en un espacio donde predominaba sólo el blanco y el negro sobre una figura plana. Hoy, donde el espacio se colma de múltiples colores sobre figuras en distintas dimensiones es lógico que haga maravillas con eso tanto de lo suyo. He ahí que la reflexión sobre el principal problema de la educación básica escolar pública deba ser mutua. Por un lado, la que se espera del docente levantando la cabeza para hacer oír su voz y presencia. Por el otro lado, la que se espera del Estado revalorando al maestro para empezar con oírlo prestando atención.

Definitivamente, para que la virtualidad evidencie la capacidad de lo virtual o remoto, antes hay que repotenciar el papel protagónico del docente. Inmediata o paralelamente dejar de someterlo a esa obligación de repetir a rajatabla lo que algunos insisten, no sólo en seguir haciendo mal pedagógicamente, sino también haciendo creer que sí funciona no importa así no eduque.                                                                   

      

jueves, 12 de agosto de 2021

¿Sinónimo de malo, bueno?

Donde lo malo está siendo un festejo de muchos e indiferencia de otros más, lo bueno se hace menos porque esos muchos lo ridiculizan y, a esos otros más, le importa poco o nada lo ocurrido.

La pandemia nos llevó al encierro, y ese encierro – entre tanto acontecimiento – permitió también hacernos espectadores de tanto eso de malo ocurrido allá afuera y cometido por uno y otro personaje sin parar, y también ser espectadores de esa indiferencia de quienes en vez de darle un revés al asunto lo están dejando enraizarse como lo común, lo cotidiano, a lo que hay que acostumbrarnos.

Se acaba de informar a la ciudadanía la urgente incorporación del tema de la corrupción en la currícula escolar del nivel Secundaria. Al respecto, hace un tiempo atrás fui partícipe de un congreso donde renombrados institutos y universidades no hacían sino rasgarse las vestiduras porque creían imposible haber entre sus egresados alguno señalado por falta de ética, y eso porque “ética” es parte de sus mallas curriculares. Pues, ojalá más adelante no ocurra un congreso donde ahora los colegios se rasguen las vestiduras por no creer haya corruptos a razón de que “corrupción” ya está en su currícula escolar.

Cualquier convivencia en sociedad es difícil, pero la nuestra se hará imposible – si no lo es ya – si el comportamiento y la conducta de sus miembros activos siga antes siendo degenerada – por dar un ejemplo – con asimilar aquel mal concepto o idea, incluso hasta habiendo personajes modelos, que “si no eres pendejo, eres un zonzo”; mal entendiéndose ser zonzo a quien actúa u obra de acuerdo a las normas, principios o buenas costumbres.

Existe una reflexión conjunta que no se hace sobre el porqué son más los actos malos que buenos, y una de las principales razones es dar por hecho que lo escrito en el papel y lo dicho en el discurso se cumple. Ahora, si de formación, instrucción y educación se trata, se aparentará educar mientras se dé por hecho que las bases de la integralidad de la persona están siendo bien cimentadas porque así lo dice el papel. Es más, si en este momento nos pusiéramos a leer lo que tiene escrito cada institución educativa sobre su misión y visión – ¡¡¡Carajo, sí que nos pasamos de pendejos!!!

En las olimpiadas hay países dando por hecho de antemano que sus deportistas y atletas, no sólo se harán del triunfo y las medallas, sino de los posibles nuevos récords mundiales. Lo dan por hecho porque saben que son altamente calificados a razón concienzuda de que sus dotes están potencialmente ejercitadas, desarrolladas, entrenadas y todo cuanto demás respaldarían el hecho de dar por sentado que van a una competencia para alcanzar el triunfo. Bajo esa realidad es que las olimpiadas son en sí un reto de competencias donde se espera sean cada vez más espectaculares, sobresalientes, picantes e interesantes la participación de los competidores por el alto nivel de preparación de quienes justamente compiten para ser lo mejor de los mejores. Sin embargo, acá dan por hecho que, a quien ponen a competir, tiene el entrenamiento y las condiciones suficientes sin siquiera antes haberles preocupado saber cómo llegó a clasificar. En lo jocoso del caso, cada derrota la suelen excusar con aquello de: “lo importante no es ganar sino participar” o “ha dejado en alto el nombre de nuestro país”. - ¡Si serán!

Hace rato que la escuela pública no hace bien lo suyo porque se ha dejado. Se ha dejado, no sólo le digan qué hacer, sino no hace para ponerse a esperar le digan qué hacer. Es así como fácilmente se ve despojada de su autoridad, pero también se advierte cierto consentimiento sobre la misma. Entonces, si el profesorado no empieza por reconocer ese hecho y le empieza a exigir al Estado deje educar a quien sabe educar, así como también le exija diga en los hogares que dejen educar o se dispongan a aprender de la escuela si no supieran o lo hicieran mal, también empezará por no haber la aparición de generaciones tan mal educadas. – Agrego: siempre salvando excepciones.

Sinónimo de malo bueno si se sigue dando por hecho que en el transcurrir del tiempo todo se cumple tal cual se leen en la misión y visión de las escuelas, y cuanto demás dicen cimentar de bases sólidas.

lunes, 9 de agosto de 2021

La educación tradicional atemorizaba al alumno. Mientras la que transcurre atemoriza al docente.

La educación tradicional, aquella anterior a la imposición a rajatabla de la proclamada constructivista, por supuesto que tenía equivocados ciertos preceptos pedagógicos, pero no para generalizarlos haciéndonos creer que lo anteriormente hecho era una pedagogía obsoleta, y bajo esa razón ser suprimida o desterrada por completo del terreno de la educación básica escolar.

Si bien se transcurre bajo una corriente pedagógica haciendo notar que en la práctica educativa hay implicancias biológica, física, racional, cognitiva, emocional, social, psíquica, cultural, Etc., – llámenseles componentes de la integralidad del ser humano – se persiste en el error de hacerlo solamente para engrosar el diseño curricular y abultar la carpeta pedagógica. Consecuentemente, siga sometido el profesorado a forzar la conjugación de verbos en el papel en vez de su ejercicio pedagógico para atender las variantes de tales implicancias en el grupo humano dado como encargo su educación integral.        

Salvando las excepciones del caso, en la educación tradicional el error fue atemorizar al alumno con el cuco de la mala nota, la desaprobación o la repitencia del año, y en ciertas ocasiones el hecho fue agravado con el mal carácter o mal ejercicio de la autoridad del educador. Sin embargo, de algún modo hizo responder al educando frente a los retos propuestos y las obligaciones que les tocaba. En tanto la que transcurre ha traslado el error ahora dejando de atemorizar al alumno para atemorizar al docente, a quien desvestido de su autoridad está vuelto el blanco de los errores del sistema.             

Definitivamente ninguna debe atemorizar a nadie. Asimismo, ninguna creerla mejor que la otra como para imponerse a rajatabla la creída mejor mientras se desecha a la otra. Lo que sí hay que creer, no sólo es que cada una tiene lo suyo, sino eso suyo conjugarlo en un sistema que no atemorice ni aparente educar.      

Para la enseñanza y aprendizaje está entendido que debemos educar sobre la base de la integralidad del ser humano. Es decir, aquella cuyos elementos nos hacen a los seres humanos tan iguales y, a la vez, tan diferentes. Pero, tan iguales para marcar pautas básicas o elementales de lo que se quiere lograr igualmente con los educandos, y tan diferentes para diseñar otras que potencien esas diferencias o las mismas no le sean adversas en sus procesos de enseñanza y aprendizaje.

Es de suponer que quien educa posee educada esa integralidad. Es decir, es un hombre o mujer íntegra – claro, sin dejar de ser imperfecto – porque sólo así entenderá de integralidad para avocarla en su tarea docente. Es quien no atemoriza ni deja lo atemoricen. Sin embargo, no pasan de ser aquellos pocos profesores que los hoy jóvenes o adultos puedan seguir recordando con cariño. Entonces, estamos frente a la necesidad de un modelo pedagógico que empiece por encargar a cada institución educativa dé cuenta de la integralidad de sus miembros, la misma ya no dada por sobreentendida ni expresa en un papeleo de documentos, sino activa por sus actos. Seguido, no sólo de lo que sus educandos igualmente deberán aprender, sino también de lo que los hará diferentes para justamente sobresalir cada quien en lo suyo, y se empiece también a darle sentido al valor del respeto; en este caso al de las diferencias.

Para enseñar y aprender no debe atemorizarse a nadie. Tampoco, dejar de atemorizar para trasladarse hacia el otro extremo donde estaría el desahogo. Hay pruebas demás de que atemorizando los resultados esperados son efímeros, ya que solo y únicamente importa quitar el temor de encima; mientras el desahogo ha degenerado en atrevimiento, frescura y hasta descaro.       

 

martes, 3 de agosto de 2021

¿A qué jugamos?


Han transcurrido dos décadas jugando a un juego cuyas reglas te las cambian de un modo tal que no se sabe finalmente a qué jugamos.

Hace dos décadas las reglas del juego anterior, no sólo fueron suprimidas, sino aborrecidas por quienes nos presentaron otro juego – sigo en metáfora – esta vez de competencia olímpica y mundial. Sin embargo, durante el transcurso de esas dos décadas no hemos clasificado a ningún campeonato local, panamericano, libertador, olímpico o mundial. Ni siquiera con el chance matemático de la suma y resta de puntos.

Entonces: - ¿A qué jugamos?

La escuela de la educación básica está obligada a jugar bajo sus propias reglas, y no bajo la imposición de lo que ha dado suficiente prueba durante dos décadas que sólo sirve para aparentar que se educa.

El Estado está obligado a reivindicar la autoridad del profesor tanto en la escuela como la sociedad. Empezando por declarar su idoneidad para el debate, definición y decisión sobre sus propias reglas de juego. Seguido del respaldo a la escuela para su extensión educadora sobre los hogares siempre que estos den clara señal que no están educando en lo suyo, y no como sucede en contrario, toda vez el profesor siga expuesto al maltrato de cualquier otra persona a consecuencia de esa malentendida interpretación de un derecho que el mismo Estado ha promovido sin aclarar dónde está el malentendido. Asimismo, debe romper esa verticalidad haciendo sentir al profesor la pieza última de un sistema, y quienes lo manejan, que lo cree hecho sólo para obedecer, debiendo desenmascarar a esos cucos – muchos de los cuales disfrazados de especialistas o acompañantes pedagógicos – que no hacen sino asustar o atemorizar al colega en vez de servir u orientar – valga la ironía – educadamente a quien comparte la misma vocación de servicio.

Por otro lado, y salvando las excepciones en cada caso, desde la trinchera del profesorado, no se crea todo transcurre sin novedad. Se sabe bien que hasta días antes del encierro por la pandemia estaba visto un repetitivo descontrol emocional, perturbando la conducta de quienes están sujetos a guardar el mayor de los celos posibles sobre sus actos porque su tarea es la educación integral de la persona. También, cuenta el caso de quienes por tener la condición de “nombrados” en el sector andan creyendo que la misma le otorga inmunidad, oponibilidad y desatención a cualquiera de las iniciativas de mejora institucional, y lo peor del caso, a sus obligaciones en sí; inadvirtiendo que cualquiera de tales malas creencias entorpece la misión hacia la visión que esperan alcanzar quienes tienen conciencia de servir por vocación en la formación de nuevas y mejores generaciones.

Definitivamente tanto el Estado como el profesorado tiene que hacer lo suyo, y lo suyo en cuanto a dejar de aparentar que se educa en altas y diversas competencias, y ahora éstas bajo “evidencias”, que según dicen del aprendiz saber, hacer y ser, pero sólo para el contento de quienes una vez nos dijeron que la educación anterior a este juego era obsoleta.

No dudo que la escuela privada esté haciendo lo suyo. Sin embargo, y ya que la propaganda provino del propio Estado, debería hacerse cierto aquello de: ¡Aquí nadie se queda atrás!!!