No querer ver ni oír que una mala sociedad es el reflejo de una mala educación, resulta la causa de los problemas que mantienen en permanente confrontación a sus ciudadanos. Si esa misma mala educación va en aumento – dígase, son más los malos educados – no sólo serán mayores, sino graves los problemas; entonces, irá decayendo lo poco que va quedando de la posible sana convivencia, así como la sostenibilidad, el desarrollo y demás. Lo que no describe un pesimismo, sino la cruda realidad que se le demanda ver y oír a todos a quienes se le ha designado un rol o conferido una autoridad a nivel societal porque sin su atención ni entendimiento se hace cierto tanto aquello de que todo se debe a un oscuro plan cargado de malas intenciones como a cobardías y desaforada mentecatez.
Si se
mira hacia las escuelas, no basta que a éstas se las obligue a la elaboración
de proyectos, planes e idearios de formación y/o educación integral, porque
además de abarrotar de documentos los archivos, visto está que – sino todas –
casi todas las escuelas no trascienden más allá de cuánto anotan y/o “actualizan”
año tras año en el papel. Tampoco, basta cifrar una expectativa en la vocación
docente, esperando sea ésta la que motive la trascendencia más allá de lo que
se diga en tales anotaciones, porque también visto está, y salvo excepciones, que
la vocación anda medio desnaturalizada, habiendo quienes la condicionan a la
oportunidad de lo que ofrezca la ocasión. Entonces, lo que debe suceder aquí –
aunque las escuelas sean a veces su propio verdugo – es empezar a negar esa posible
mala creencia de que son vistas, por su autoridad educativa local, como “buenas
escuelas” todas aquellas que se allanen a cumplir, así sea por cumplir, con
toda la documentación y demás obligaciones que dichas autoridades le exijan o requieran.
Acto seguido, deben establecer e iniciar la práctica cotidiana de todo acto,
conducta y/o comportamiento que dé cuenta del sentido de equidad y
codependencia entre deber y derecho cuando los mismos se ponen en ejercicio; ya
que urge detener la creciente y acelerada distorsión, dada tanto en grandes
(adultos) como chicos (aprendices), y por el que está malentendido de que cada
quien puede hacer lo que le venga en gana por simple derecho. Asimismo, si por
menester – devenido tal vez de la religiosidad, tradición y/o representación
emblemática – hubiera ciertas escuelas ejerciendo esa práctica, definitivamente
deben intensificarla porque está visto que el sentido humano y pedagógico de su
propósito no prima, sino anda vuelta una práctica autómata: Del mismo modo, deben
estar y ser todos quienes se vean involucrados, así como incorporados a la
práctica. Urgen escuelas interesadas en caracterizar su realidad institucional,
pero no más en cuánto se sirvan anotar en el papel, sino en cuánto a más se
sirvan hacer de lo anotado. De lo contrario, vuelta la presencialidad a las
escuelas, vuelto también los malos comportamientos y las malas conductas, pese
a la supuesta mesura y moderación que una pandemia (por un virus mortal) debió
provocar. Si se vuelve a mirar hacia las escuelas, si debe bastar que, a cada
quien la conforma, y todos, si se los obligue a involucrarse e interesarse en prácticas
distintas que eduquen más allá de lo académico y fuera de las aulas.
Si se
mira hacia los hogares, es cierto que los primeros aprendizajes, de quienes son
hijos, es responsabilidad y obligación de quienes son padres, pero está visto
que son más los padres ausentes, y ausentes aun físicamente convivan bajo el mismo
techo con sus hijos; entonces, también son más a quienes se les hace difícil,
no solamente la socialización con sus pares u otras personas, sino la
obediencia o adaptación a los buenos
hábitos y buenas costumbres practicadas en la escuela, así como en cualquier
otro posible recinto o lugar de socialización y restringido a normas o
reglamentos. Si bien aquello de la primera educación se les demanda a los
padres, también habría que considerar el hecho de que, no por nada, a las
escuelas se las bautizó como “El Segundo Hogar”. Lo que sucede es que mientras
siga extremada la sobrevaloración del derecho, seguirá habiendo quienes se
desentiendan de sus obligaciones, sobre todo del principal interés personal de cada
quien en aprender a cómo ser un mejor papá o mamá para sus hijos. Si se vuelve
a mirar hacia los hogares, lo que debe ocurrir aquí es que quienes gobiernan,
de una vez por todas, actúen con la firme decisión de respaldar y patrocinar a
las escuelas en cuanto éstas acojan la iniciativa de educar más allá de lo
académico y fuera de las aulas y en cuanto exijan e intervengan dentro de sus
comunidades educativas a fin, cumplan ciertamente sus miembros con sus roles, y
de haber aquellos que no saben cómo hacerlo, participen de las orientaciones y enseñanzas
de cómo hacerlo o dejen el libre paso de educar a quien supiera hacerlo.
Si se
mira hacia las autoridades educativas apostadas en el ministerio,
departamentales y Ugeles, se sabrá que éstas sí miran y sí oyen cuando se
atrevan a reconocer que en la comunidad educativa han promovido “derechos” a un
extremo tal que ha traspasado sus límites hasta el increíble hecho cotidiano de
haber quienes, tanto chicos y grandes, no dan cuenta ni arrepentimiento de cualquier
posible indebido e incorrecto acto, conducta o comportamiento, y más bien se
victimizan y exigen más “derechos” ante quienes los pudieran llamar al orden o la
corrección.


