jueves, 3 de septiembre de 2020

Somos libres, así de sujetos.

 

Es increíble cuanto de los conceptos que, hacen del hombre una criatura única y superior a todas las demás albergando sobre la faz de la Tierra, se distorsionan en cualidades exacta y opuestamente extremas, ocasionando daño y terror a su misma especie y otras demás; incluso, al lugar que lo alberga.

La evolución del cerebro humano ha distinguido tremenda capacidad en el desarrollo de un cerebro racional por sobre otro límbico y, anterior a éste, otro reptiliano. Sin embargo, aparece en su historial que lo que sabe construir con una mano lo sabe también destruir con la otra.

Para lo que nos toca acá, en este suelo y realidad, parece que la cosa empeora porque, no sólo seríamos la mala imitación de lo que se hace afuera, sino seríamos la peor imitación de eso hecho afuera y, justamente, de malo. 

¿Así de exagerado y negativo?

No, así de real y cierto. Y, ahí está el primer concepto distorsionado que circula en mente de un gran sector de la gente cuando cree que al vaso – conteniendo agua a la mitad de su capacidad – sólo lo debes mirar bajo óptica de “medio lleno” porque de lo contrario estarías calificado de agorero, infausto o derrotista.

Medio siglo atrás Carlo Cipolla, en su obra Educación y Desarrollo en Occidente, expuso que al 2020 – en una aproximación de mi parte – el hombre deberá preocuparse por la búsqueda de “virtudes” y no tanto de conocimiento. Al respecto, lo que sigue desnudando la emergencia sanitaria, no sólo avala lo dicho medio siglo atrás, sino parece no advertirlo – ni querer tampoco hacerlo – quienes están en este momento dirigiendo el destino de todos los peruanos.

Una situación, vista común y corriente, es la del caballero despojado de la caballerosidad. - ¿Qué es eso? - ¿Se come? - ¡Qué anticuado! – Pero, agravada toda vez que a ciertas damas – salvaguardando el respeto y las innumerables excepciones – cierto afán independentista ha descorazonado y desencantado la caballerosidad con el desplante. El caso del despojo está extendido incluso hasta su desarraigo en la señalética de “caballeros” y “damas” por simplemente “hombres” y “mujeres”. Así de extremo.   

Otra sería, por ejemplo, haberse levantado una pancarta para la proclama de una libertad absoluta que también ha extremado el hecho del despojo de los protocolos y el arrojo por la borda de la reserva, cautela o como quiera llamársele – de distintas maneras – a lo que siempre se enmarca y sostiene del denominado respeto en cualesquiera de las ocasiones o momentos de la vida civilizada. Ahí están quienes son capaces de escupir y vomitar lo peores insultos y agravios en contra de otra persona, y al poco rato – sin remordimientos ni mea culpa – pedir una fría y sosa disculpa como si nada hubiera pasado. El caso preocupa porque seguramente hay una mayoría de gente pudiendo – en este preciso momento – estar replicando lo siguiente:

-          ¡Ya se disculpó! - ¿Qué quieres?

-          ¡No es para tanto!

O, en el otro extremo, diciendo:

-          ¡Hay que exterminarlo!

-          ¡Al patíbulo!                                      

Definitivamente, somos libres, así de sujetos. Estamos sujetos a la libertad que también tienen todos cuantos están a tu alrededor. Tu libertad se limita a la libertad del otro, y ese otro también debe darse por enterado que su libertad se limita con la tuya.

En el hogar y la escuela están los cimientos de lo que, así te digan lo que te puedan decir, sabes tú que no es lo correcto. Son los espacios donde se ensaya la libertad, dándose por enterado de la libertad del otro. Entonces, aprendida la lección difícilmente serías capaz de los excesos que, a menudo, nos tienen insoportablemente conviviendo en un mundo distorsionado.

A tanto de malo parece ser que lo bueno es lo extraño. Entonces, y ya que solemos someternos a la venia y presión del grupo social, se hace lo malo para que la mayoría no te diga ser extraño, aunque no sea lo correcto.  

A tanto de malo parece ser que lo cotidiano es lo extraordinario. Entonces, surge la ligereza de catalogar de memorable, trascendental y hasta heroico lo que no es sino la labor o sentido común de las exigencias propias de cualquier actividad.

Cuentan ciertos relatos de investigación que en un país del ártico, en tiempos donde predominaba el analfabetismo en Europa, fue ese mismo uno de los más destacados en instrucción elemental y con el menor porcentaje de analfabetos en su población, puesto que su propio medio climático – haciendo el día corto y las noches largas – tenía a sus habitantes mayor tiempo dentro de casa que fuera de ésta, y aprendiendo más que labores domésticas. Aunque no es exacta la razón climática porque no ocurría lo mismo en la Siberia, si debe destacarse lo que para quienes su posible adversidad fuera su oportunidad.

Pues bien, una emergencia sanitaria ha alejado a nuestra niñez y adolescencia fuera de los recintos de su escolaridad. Entonces, a ellos hay que hacerles saber que, aunque la escuela y sus maestros están a lo lejos, hay mucho por aprender en casa. Mientras a los padres y maestros hay que advertirles que hay mucho más por enseñar que lo cotidiano en el horario de clases.                                        

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