Dos jóvenes encrespados por la furia, cual dos rabiosos púgiles amenazándose uno al otro hacerse el mayor daño posible en su próxima pelea, era la fotografía de aquella mañana donde – fuera de las palabrotas y ofensas de lo que es capaz proferirse el ser humano – la otra mayor muestra era la fallida capacidad de juicio de ambos jovencitos para siquiera hacer la pausa que pudiera conllevarlos a ventilar sus cabezas.
La educación
básica escolar contempla competencias y capacidades como su logro durante el proceso
de enseñanza – aprendizaje; pero, si las mismas están dando cuenta – otra vez –
que siguen ceñidas al aspecto de la resolución de una operación matemática o al
recuerdo de datos y hechos, definitivamente esa “integralidad”, en la que dice
educar a sus aprendices, solamente sirve para la propaganda.
Si de juicio se
trata, en su equivalente a madurez, digamos es una competencia o capacidad de
logro a largo plazo porque requiere de entrenamiento y experiencia en el
formativo de la personalidad. Sin embargo, el discernimiento, la razón, la
cordura, el asiento, la prudencia, la opinión, el parecer, el dictamen, la
paciencia, lo formal, lo serio y demás, debe practicarse a cada momento posible,
no solamente en el escenario natural donde se dé la oportunidad, sino en aquellos
cuyo conjunto de profesores deba plantear y planear – como parte del proyecto educativo – para que, y de una vez
por todas, se encauce y aclare que las acciones, hechos y reacciones irreflexivas,
insensatas, impacientes, imprudentes y desmesuradas, no es el común del comportamiento
humano ni ningún tipo de “adscrito generacional”.
Ahora bien, se supone
que quienes reciben el encargo de educar gozan de “licencia” – en este caso no referida
al diploma – sino aquella contemplada en un modelo de vida ejemplar; la misma capaz
de licenciar al educador para advertir, corregir, orientar, estimular y elogiar
toda buena conducta y buen comportamiento. Sin embargo, y salvo excepciones, todos
nos creemos Maestros porque malinterpretamos que dicha condición es connatural a
la ostentación del diploma; entonces, he ahí por dónde empezar a tratar el
asunto cuando se quiere también empezar con aquello de una educación de calidad.
Reza un refrán
que “quien mucho abarca poco aprieta”, y es lo que está sucediendo ante tantas
competencias y capacidades que, a su vez, implican tantos “indicadores de desempeño”
– irónicamente – sobre lo cuantitativo para – inventivamente – transcribirlo o
interpretarlo a lo cualitativo. Lo que se lee bien en el papel, pero no está
visto en la realidad.
Las alternativas
de inmediata atención sobre el éxito de la educación por competencias y
capacidades en la escuela pública no se deben exactamente a un mayor presupuesto
económico – sin negar, claro, que plata se necesita – sino a firmes decisiones sobre
cambiar las formas de educar; es decir, dejar de escribir tanto en el papel lo
que en la práctica no sucede. Del mismo modo, hacer política de Estado en la
reinventiva del perfil del profesor conjuntamente con el respaldo a su
autoridad en el aula y la escuela y extensión interventora en el hogar para
fortalecer lazos en la tarea coeducativa. Mientras tanto, si ese cambio no ocurre
lo que sí ocurrirá es seguir en el papeleo de programaciones bajo el confuso, malentendido
y repetitivo uso de términos, tras términos, haciéndonos creer lo sabiondos, actualizados
y vanguardistas pedagógicos que somos. Del mismo modo, ocurrirá seguir el curso
de una carrera pública magisterial que ahuyenta a los líderes pedagógicos, no
sólo por no estar en carrera, sino distante de los demás que pudieran estar en la
susodicha carrera. Finalmente, y no por último, seguirá ocurriendo que no se
eduque para Saber, Hacer y Ser, sino 1 de 3 o 2 de 3, pero nunca 3 de 3, siendo
esta última la única alternativa correcta cuando el logro es educar en competencias y capacidades.

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