Todos podemos ser tan iguales como diferentes; pero, son las diferencias las que nos hace a cada quien valioso.
Si bien somos iguales por nacer humanos; somos
diferentes desde la concepción.
Desde que hay demanda por el derecho a la vida, lo debería
haber igualmente en obligación por el respeto a las diferencias entre quienes justamente
gozan de vida.
No soy igual a ti, ni tú eres igual a mí. Ambos somos
cada quien por ser diferentes; sin ser yo más que tú ni tú menos que yo, y
viceversa.
En el hogar transcurren los primeros momentos de vida;
por tanto, es donde se enseña y aprende – entre tanto – a impartir el respeto
entre sus miembros, empezando por respetar sus diferencias de acuerdo a los
roles dentro del seno familiar. Seguidamente, de acuerdo a sus características
físicas o corporales, emocionales o sentimentales, conductuales o
actitudinales, de destrezas o habilidades y todas cuanto permitan el
reconocimiento de cada quien para aprender a valorarse y valorar a los demás.
A diferencia del hogar, en la escuela concurren pares;
es decir otros niños y/o adolescentes como él o ella y sin ningún tipo de vínculo
familiar. Lo que deben advertir tanto padres como docentes en el sentido de hacer
entender a sus hijos y aprendices que sus pares son tan iguales como
diferentes, y las diferencias se respetan.
En el hogar, el vínculo familiar motiva el respeto
entre sus miembros – digamos porque lo que se ama se respeta –; entonces, la
escuela debería prestar mayor interés en fomentar vínculos de familiaridad en
el sentido del compañerismo. Para ello, debe saber que cualquier ocasión es
oportuna para motivar las emociones de los aprendices, debidamente intencionadas,
hacia la formación de sentimientos de afinidad, empatía y valoración entre ellos
mismos y también los miembros de su entorno educativo. De ese modo, irá imperando
el respeto – no tanto el que se condiciona bajo sanción – sino al que se ejerce
con mayor consciencia cuando se actúa.
Tanto en el hogar como la escuela, el valor del
respeto no se ciñe a demandarlo en voz alta bajo amenaza de un castigo o
sanción. Tampoco – sólo y únicamente – cuando la ocasión lo amerite porque se vulnera
el mismo.
En el hogar, quienes tengan la tutela de los hijos –
padres, abuelos, Etc. – están obligados a dar muestras de respeto entre ellos
mismos porque la primera educación se imparte con el ejemplo.
En la escuela, quienes tengan el encargo de educar deben
considerar que cualquiera sea el momento de la convivencia escolar – incluso en
transmisión remota – es oportuno educar en el respeto.
La propia interrelación es productiva de momentos a
los cuales hay que prestarles atención para rescatar cualquier mínimo detalle
propicio para la enseñanza y aprendizaje del valor del respeto, y con éste el
respeto a las diferencias.
No basta que el respeto sea un tema asignado a tratar en
algún bimestre o sesión de clases. Tampoco, que sea parte del reglamento
impreso en la agenda escolar o inscrito en un papelógrafo pegado en la pared
del salón bajo título de “Normas de Convivencia”. Menos aún, si está creída una
tarea exclusiva del hogar.
Es un error pensar que los valores se enseñan y
aprenden sólo ante su falta o ausencia.
Tanto en el hogar como en la escuela cada momento es
oportuno para rescatar el valor del respeto, y más el respeto por las
diferencias entre quienes por propia naturaleza humana estamos convocados a convivir
en compañía y sociedad; por tanto, lo que tú eres, por cuanto resulte de tu
descripción, es tu valor por el hecho de no haber otro como tú. Debiéndose aclarar
que no es lo mismo cuando hay quienes, sus cometidas faltas, fallas u errores, devenidos
del desempeño dentro de su grupo humano, las pretenden excusar con esa manoseada
y acomodada frase de… “Así soy yo”.

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