Mi pequeña sobrina de 3 años de edad, Alizée, me pide juegue con ella mientras sostiene en sus manos unas tapas plásticas de bebidas gaseosas con las que minutos antes estuvo entretenida.
A la solicitud de Alizée podría responderle que siga
jugando sola, darle otros objetos o acceder y jugar con ella y sus tapas
plásticas. Sin embargo, cada respuesta debería previamente ser advertida en
cuanto a saber cuál sería la más apropiada y provechosa.
La vida está hecha de momentos y cada momento de tiempos,
razones y circunstancias. Lo que es una primera advertencia porque dependerá del
momento en el que trascurre, en este caso, el pedido de Alizée.
Ahora bien, para quien es niño, y mientras lo sea de
menor tiempo de edad, sus momentos de vida están abocados a la curiosidad y el descubrimiento.
No hay un patrón. Entre tanto que observa, oye, coge, gusta y huele, hay mucho de
lo que, no sólo llama más su atención, sino lo entretiene y divierte. Se dice
entonces que juega, siendo el juego sus mayores momentos del niño.
Responder a Alizée que siga jugando sola es lo que comúnmente
haría un adulto – digamos porque casi siempre no somos prestos a dejar de hacer
con inmediatez cualquier cosa que en ese momento pudiéramos estar haciendo – y eso
pasa por un instante como producto de una reacción inmediata e impensada, pero luego,
y con la misma inmediatez, debemos situarnos en el plano del pensamiento para
advertir si realmente se justifica la respuesta.
Buscarle otros objetos para que ella vuelva a lo suyo,
distrayéndose sola, es también lo que comúnmente haría un adulto – digamos porque
es el modo de sacársela de encima, bajo fachada de contribuir con la generación
de su independencia – y eso pasa porque solemos ser algo reacios cuando se
trata de asumir una responsabilidad por completa. Casi siempre esperamos las
facilidades del caso o que lo haga otro.
En cambio, no hay momento más significativo e insuperable
para un niño que jugar con él o ella porque lo emociona, crea lazos de afinidad
y se registra el momento en la categoría de inolvidable.
Jugar con un niño es tan importante como preocuparse
porque no le falte el alimento y vestido. No requiere mucho tiempo sino
instantes de emoción con quienes se supone dicen amarlo y protegerlo.
Jugar con un niño no está sujeto a la rigidez o estricto
cumplimiento a las reglas porque no hay mejor juego con el niño que aquel que
se puede imaginar o inventar en el momento para convertirlo en instantes de
diversión.
Ningún juego es insano. Jugar no implica daño. Lo
insano y dañino nunca será un juego.
Tal vez haya adultos creyendo que sus momentos de vida
no son más un juego. Pues, si logran entender que jugar no es exactamente por
naturaleza del niño sino naturaleza humana quizá podrían probar, por ejemplo, con
el posavasos que tienen en el escritorio y hacerlo girar cada vez a más
velocidad o si está en la oficina girar 360° si su silla es giratoria, claro.
Definitivamente de niño se juega más, y cuanto más pequeño
sus mayores momentos de vida son el juego. Luego, irá creciendo y los amigos y
la escuela le irán exigiendo tanto formalidad en el juego como atención a otros
temas. Eso es parte de la vida, pero lo es también nunca dejar de jugar siendo
niño o adulto ese juego que nos hace libres de imaginar justamente que somos
libres para jugar.
- Tío, ¿vamos a jugar? - Alizée
- ¡¡¡Vamos a jugar!!! - yo

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