martes, 7 de septiembre de 2021

¡¡¡Vamos a jugar!!!

Mi pequeña sobrina de 3 años de edad, Alizée, me pide juegue con ella mientras sostiene en sus manos unas tapas plásticas de bebidas gaseosas con las que minutos antes estuvo entretenida.

A la solicitud de Alizée podría responderle que siga jugando sola, darle otros objetos o acceder y jugar con ella y sus tapas plásticas. Sin embargo, cada respuesta debería previamente ser advertida en cuanto a saber cuál sería la más apropiada y provechosa.

La vida está hecha de momentos y cada momento de tiempos, razones y circunstancias. Lo que es una primera advertencia porque dependerá del momento en el que trascurre, en este caso, el pedido de Alizée.           

Ahora bien, para quien es niño, y mientras lo sea de menor tiempo de edad, sus momentos de vida están abocados a la curiosidad y el descubrimiento. No hay un patrón. Entre tanto que observa, oye, coge, gusta y huele, hay mucho de lo que, no sólo llama más su atención, sino lo entretiene y divierte. Se dice entonces que juega, siendo el juego sus mayores momentos del niño.

Responder a Alizée que siga jugando sola es lo que comúnmente haría un adulto – digamos porque casi siempre no somos prestos a dejar de hacer con inmediatez cualquier cosa que en ese momento pudiéramos estar haciendo – y eso pasa por un instante como producto de una reacción inmediata e impensada, pero luego, y con la misma inmediatez, debemos situarnos en el plano del pensamiento para advertir si realmente se justifica la respuesta.

Buscarle otros objetos para que ella vuelva a lo suyo, distrayéndose sola, es también lo que comúnmente haría un adulto – digamos porque es el modo de sacársela de encima, bajo fachada de contribuir con la generación de su independencia – y eso pasa porque solemos ser algo reacios cuando se trata de asumir una responsabilidad por completa. Casi siempre esperamos las facilidades del caso o que lo haga otro.

En cambio, no hay momento más significativo e insuperable para un niño que jugar con él o ella porque lo emociona, crea lazos de afinidad y se registra el momento en la categoría de inolvidable.

Jugar con un niño es tan importante como preocuparse porque no le falte el alimento y vestido. No requiere mucho tiempo sino instantes de emoción con quienes se supone dicen amarlo y protegerlo.

Jugar con un niño no está sujeto a la rigidez o estricto cumplimiento a las reglas porque no hay mejor juego con el niño que aquel que se puede imaginar o inventar en el momento para convertirlo en instantes de diversión.

Ningún juego es insano. Jugar no implica daño. Lo insano y dañino nunca será un juego.

Tal vez haya adultos creyendo que sus momentos de vida no son más un juego. Pues, si logran entender que jugar no es exactamente por naturaleza del niño sino naturaleza humana quizá podrían probar, por ejemplo, con el posavasos que tienen en el escritorio y hacerlo girar cada vez a más velocidad o si está en la oficina girar 360° si su silla es giratoria, claro.

Definitivamente de niño se juega más, y cuanto más pequeño sus mayores momentos de vida son el juego. Luego, irá creciendo y los amigos y la escuela le irán exigiendo tanto formalidad en el juego como atención a otros temas. Eso es parte de la vida, pero lo es también nunca dejar de jugar siendo niño o adulto ese juego que nos hace libres de imaginar justamente que somos libres para jugar.

- Tío, ¿vamos a jugar? - Alizée 

- ¡¡¡Vamos a jugar!!! - yo 

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