Aclárese la excepcionalidad de los padres, como tema aparte, sobre el pregón del dicho: “quien sepa, enseñe”, con la finalidad de entender que no dice eduque porque “educar” requiere de un título de educador, el mismo que supone garantía de la preparación y capacitación de quien lo ostenta para distinguir la principal diferencia, y a la vez motivo de valoración, del pedagogo frente a cualquier otro profesional distinto al educador.
Ahora bien, y vista nuestra sociedad, los resultados de una mala educación en la escuela pública, no sólo son desalentadores, sino están describiendo la apatía, hecha rutina, de muchos y, pesarosamente, más profesores – salvo maestros – tal vez enseñando, pero no educando. Aquí, tanto Estado como docentes, no escapan de la culpa porque mientras uno parece abocado a ignorar que el modelo pedagógico no aterriza por la peculiaridad del abismal distanciamiento entre realidades tan distintas, pese a que todos somos peruanos, los otros, docentes, increíblemente hasta nos creemos expertos en lo que no funciona, no aplica y mantienen sus logros escritos en el papel.
Tengamos en cuenta que la escuela
tuvo una razón precisa y conveniente para que la denominaran “el segundo hogar”,
y declinar fácilmente o rehuir con inmediatez a la tarea de educar al niño o
adolescente porque debieron “educarlo en casa”, seguramente no la fue. Demás está
decir que tampoco lo fue porque se trataba de un albergue o institución de
padres suplentes o adoptivos.
Si la escuela – incluida la
comunidad educativa – fuera reflexiva frente a lo que le compete en cuanto a la
educación básica de quienes han ido y están incorporándose activamente a la
sociedad, daría cuenta también de las incidencias ocurriendo en tales hogares
por principio de causa–consecuencia de quienes andan convertidos ahora en
padres. Sin contradecir lo dicho, entiéndase que a la sociedad la norma y
regula el Estado y tampoco ha sido capaz, siquiera por cuestión de orden y
obligación, de intervenir – en su caso enseñar – a ser padres educadores a
quienes hayan engendrado hijos.
Se ha llegado a un momento donde
somos testigos del desafuero, transgresión y fechorías de gente tan acartonada
de licencias o diplomas como de aquella tan privada de las mismas, pero tan semejantes
y calcadas por la mala educación.
Entonces, para quienes somos profesores
no lo seamos del montón, entendiéndose como montón el cúmulo donde parecen
apilarse y aglomerarse quienes se someten a las órdenes y razonamiento de cualquiera
creyéndolo su líder, y que en una de esas malas consecuencias del pandemónium a
que hemos llegado salga elegido presidente de todos los peruanos. Para quienes
somos profesores no lo seamos porque el título prescribe que se nos reconozca
como tal, sino eduquemos sin darnos por satisfechos que el niño sabe leer y
escribir o el adolescente resolver una ecuación porque nuestra sociedad está
gritando la necesidad o falta de hombres y mujeres educados, pero en eso que
nos distingue como mejores seres humanos.

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