Se escapó de las manos aquello de libertad de pensamiento, libertad de opinión o libertad por libertad, al haber degenerado en otra por la que cada vez son más quienes - con la menor ligeresa - abren la boca para traerse abajo y pisotear a su amplísimo antojo la dignidad humana de otro ser supuestamente tan igual de protegido por derechos.
Arrancar mechones de cabello, mordisquear, puñetear, arañar, jalonear y escupir, es sólo la antesala de lo peor. Sí, porque lo peor es cuando "pechan", gruñen y disparan a desparpajo lisuras, insultos y ofensas - tan asquientas e hierentes - que parecieran masticarlas con gusto en la boca, ensalibándolas para luego esputarlas con mucosidad y flema.
Hay que ponerle freno al asunto porque está demostrado que el hombre tiene una increíble capacidad de autodestrucción que horroriza.
Si siempre es el presente porque a la sociedad se incorporan continuamente actores, lo que debe resolver el Estado es a quiénes está incorporando, ya que tiene el rol de director de la obra. Es decir, es quien planea, diseña, dirige y evalúa la formación y educación de la generación de tales actores, quienes deberían ser los protagonistas de una trascendente contribución hacia una mejor sociedad. Pero, si la obra es desastrosa es porque hay pésimos actores debido a un pésimo director.
En la escuela, hay que andarse con cuidado en cuanto a lo que pueda decírsele al alumno porque tiene el costo de una inmediata condena al profesor sin antes siquiera habérsele investigado y encontrado culpabilidad. Y, tal situación no es porque el profesorado se haya extralimitado en sus funciones, sino porque hay una mala tendencia del Estado de "meter a todos en un mismo saco" al emplear mecanismos de atención a la mínima denuncia sin mayor interés o reparo de la mala interpretación que se ha dado a la misma por parte de quienes se han visto avalados y fortalecidos para amenazar públicamente a boca suelta al profesor. En el peor de los casos, hay la modalidad de denuncia anónima que ha desatado una libertad para arrinconarlo y sentarlo en el sillón de los acusados siempre que la otra parte así lo quiera.
A la escuela se la obliga a festejar la proclama de derechos del niño. Otra, del niño y adolescente. Otra, del niño peruano. Otra, de la semana del niño. Y, mientras más rimbombante, mejor.
No hay una "deberes del niño" o "deberes del adolescente" porque se cree que atenta contra la libertad.
En el hogar, al creer el Estado que todos los padres son abusivos, degenerados o desnaturalizados, surge en ironía tres situaciones: la primera, cuyos padres también deben andarse con cuidado. La segunda, cuyos hijos, familiares, vecinos y extraños creen poseer la libertad para denunciar por denunciar. La tercera, a quienes verdaderamente deben denunciarse no se denuncian.
Nuevamente el Estado en un fallido rol no da cuenta que lo que procure como nueva generación de actores lo serán también como protagonistas de esas nuevas familias que constituyen el núcleo de la sociedad. Entonces, si son más las familias disfuncionales es porque el Estado viene siendo un pésimo director.
La exhibición y desfile de gobernantes corruptos, así como de quienes - también corruptos - tienen un poder para mover masas, no es otra cosa que ver la causa de una sociedad cuyos pares agrupados en una nueva generación andan creyendo que la libertad no tiene límites, sino no es libertad. ¡Ni te metas con su libertad! Y, tal es la creencia que - en contradicción - su libertad no cree en la libertad del otro. Ni aún a punto de irse a la cárcel creen que su libertad cause delito alguno. Es decir, cerebralmente no hay un estado de alerta que procese como debiera ser el concepto y entendimiento del uso de la libertad. Y, aquello está debidamente comprobado cuando - tal vez dado antes un buen sopapo por su padre o madre - creen resolveran su autoría de tremenda embarrada, daño o desgracia al prójimo con un algo así: ¡Ok, me disculpo! ¡¿está bien?!
