Cierta vez debatían directora, profesora y psicóloga sobre el uso de la preposición que debía ser la correcta para darle nombre a sus charlas con los padres acerca de la mejor crianza de sus hijos. Entonces, debatían entre "Escuela de Padres" o "Escuela para Padres", dando cada quien su argumento.
Es gracioso. Sí, es gracioso porque roba tiempo debatir sin tomar en cuenta que uno u otro nexo cumple con el sentido de lo que el colegio quiere hacer. Es decir, involucrar al padre en la tarea educativa. Entonces, ya sea por pertenencia o finalidad, es saberse su escuela, y eso no se debate porque está claro.
Sin embargo, con debate o sin éste, lo relevante del asunto es la animación de esta escuela que tiende a sucumbir por incremento de ausentes y desertores, descomponiendo su auditorio.
¿Por qué tal situación?
Al extraer las justificaciones comunes de los padres ausentes o desertores, casi todos - sino todos - fijan la culpa al colegio. Le achacan no avisar con tiempo anticipado, ya que eso les permitiría gestionar un permiso en el trabajo y asistir a la escuela - Terminan por decir. También, denuncian la desconsideración del colegio en cuanto haber programado la escuela en fechas y horas en las que ellos trabajan. Como cereza puesta sobre el asunto, opinan que las charlas, además de aburridas, son más de lo mismo. - ¡Yo sé como crío a mi hijo!, - ¡Mi hijo no es alumno problema!, - ¡Cualquier cosa sabe que tiene que contármelo!, - ¡Ya está advertido!, y como toque final dicen: - ¡Si no se trabaja no se come!
Quienes suelen asistir a la charlas de su escuela, dicen hacer un esfuerzo por asistir y reclaman no ser justo que otros no lo hagan. Afirman que quienes no vienen son justamente los de los problemas familiares y le exigen a la escuela la adopción de medidas. Mientras tanto, se oyen por ahí a padres agradecidos y, a la vez, a otros condicionando su próxima asistencia si el colegio pasa por alto a los ausentes y desertores.
El sistema escolar no cría hijos, educa aprendices en la formalidad que el Estado ajusta.
Si bien al colegio se lo considera el Segundo Hogar, ni ello implica asumir lo que a los padres les toca. Antes, siquiera en la matrícula se los veía a algunos sin importar no verlos nunca más durante el año escolar. Pero, ese "sin importar" sí importa porque no libra al colegio de la culpabilidad - claramente, no toda - de no haber, o haber poca, asistencia a las charlas de o para padres.
Nuevamente el Estado no da cuenta de lo que genera actuar en contra de si mismo.
En mayor representatividad la escuela pública es el Estado, pero pública o privada se rigen por éste. Siendo así, resulta lamentable que las políticas educativas hayan arrinconado a su gente, desfigurado su imagen y despojado de lo que por vocación de servicio solía asumir el maestro con cierto grado de autoridad frente a la indiferencia y omisión de deberes u obligaciones, no sólo de sus educandos, sino de quienes - más por amor que obligación - deben asistir, acompañar y colaborar con la tarea formativa y educadora de sus propios hijos.
Déjese en aclaración que el colegio no es un lugar para dejar al hijo al cuidado y atención exclusiva por horas. Tampoco, un establecimiento destinado únicamente al esparcimiento y recreación. Menos, un espacio donde todo se le está permitido al padre y alumno.
La escuela o colegio es un espacio o recinto en el que concurren educadores y educandos integrantes - junto a otros miembros - de una comunidad educativa, cuyo propósito es educar y ser educados en una interacción de experiencias cotidianas de aprendizaje formal para el saber, el hacer y el ser.
Las escuelas de o para padres no deben partir del debate de cuál es la preposición correcta o apropiada para la escuela sino del cómo concientiza el colegio al padre en su rol. En cada colegio hay un enorme y rico potencial de recursos que son los propios maestros. No subestime el colegio a sus maestros. No se ciña el debate con unos cuantos o los de siempre. Más, si el resultado del debate no ha sido aumentar la asistencia del auditorio en las charlas pasadas. No se caiga en lo mismo: hacer brincar al padre, que se abrace o se mire a los ojos con un desconocido o aturdirlo con tanta nomenclatura. No se invite o invierta en tanto especialista; invítese a padres aprendiendo a ser padres.
El reto de cualquier escuela, en su tarea educativa, no es no saber educar sino no rendirse cuando no la dejan o le impiden educar.
Por otro lado, al Ministerio de Educación habría que decirle no ande más preocupado en la propaganda del "Buen Inicio del Año Escolar", sino también preocúpese en un plan de acciones inmediatas para la recuperación de la imagen del maestro y su autoridad en la escuela... ¡Soñar no cuesta nada!
