Se vive en un tiempo presente a causa de otro pasado, y cuyo tiempo futuro es también pasado y presente.
Lo que quiere decir que, si se vive y convive en un presente difícil y casi insostenible - señalándose a la mala educación pública como factor de culpabilidad - no es porque "todo tiempo pasado fue mejor" sino por la razón causa y efecto.
Un claro ejemplo podría ser el tintineo y sonoro reclamo de la pérdida de los valores del pasado, como se oye en el presente, y a la Educación, a través de la escuela, obligando al profesorado a la "anotación en el papel" a modo de su plan de recuperación o búsqueda de dicha pérdida. Pues, aquello es vivir engañados en el presente, añorando un pasado que, siendo también presente en su momento, fácilmente se dejó vencer e irónicamente dejó de valorar sus valores y logros ante un aparecido sistema escolar que le dijo no tenerlos o venir haciéndolo mal.
En el presente, del dicho al hecho en Educación Básica Escolar Pública hay mucho trecho, y ésto es porque en un no muy lejano pasado - siendo el presente en su momento - una rediseñada currícula del sistema escolar se impuso, con obligatoriedad y sin derecho a la crítica u observación, no sólo para convencer al profesorado de que lo hecho en un pasado - más alejado a este presente - era obsoleto (calificativo dado por tales "rediseñadores"), sino también hacer creer que los logros educativos en el futuro - este presente (hoy) - darían que hablar.
Lo que es cierto, pero sólo en el extremo de dar que hablar porque en el otro - aquel de los logros - es de suponer, y tras casi dos décadas desde la imposición de la dizque nueva, moderna y vanguardista rediseñada currícula del sistema escolar, debiéramos estar frente a un sorprendente, favorable y admirable resultado de logros, callando tanta severa crítica a lo mal educado que somos.
Ni la pandemia ha servido de ocasión para la pausa de reflexión tanto a los dizque "especialistas" y "consejeros" en educación como al propio profesorado. Por el contrario, y siempre llevada la cosa al extremo, ya se ve, oye y lee, no sólo a muchos creyéndose los personajes más duchos en materia de "la educación remota", sino - y peligrosamente - dando a entender que ésta ha superado a la presencial.
Considérese que todo tiempo pasado no fue mejor porque el presente no lo sea.
Entonces, lo que la educación - a través de la escuela - debe hacer, y no hace hasta la fecha, es hacer menos para hacer más.
Es decir, dejar de voluminizar la Carpeta Pedagógica a punto de convertirse, o convertida ya, en un armatoste o mamotreto, aún luzca colorida y decorada presentación.
Cada vez se la ponen difícil al profesorado, abrumándolo con disposiciones que obligan a la elaboración, uso y aplicación de lo que ya ni siquiera parece resultar en el "papel".
Hay que hacer más de lo bien y mejor de ese remoto pasado, añorado por quienes - en su oportunidad - educaron o se educaron, insertándolo en un diseño curricular dispuesto también con lo bueno y mejor de ese pasado reciente que sigue equivocando y haciendo tropezar al profesorado con mucho de tanto y poco de nada de lo que sigue en imposición hasta en demasía. Y, en ocasiones, haciéndolo negar la verdad pese a que la sabe y experimenta toda vez que está frente a sus aprendices.
Al maestro no se le da tiempo ni espacio sobre lo que es suyo. Se lo obliga a cumplir, bajo vigilancia y supervisión, con disfraz de "acompañamiento". Lo que les permite a unos cuantos - tejiendo la trama - dispararse hasta el año 2036 con lo que hasta hoy no rinde lo esperado.
El profesorado necesita espacio y tiempo, pero sobretodo libertad para con poco hacer mucho. He ahí la vocación y el despliegue de todas sus capacidades que más tarde perfilan su maestría. Mientras tanto, el Estado, es quien lo acompaña, respalda, fortalece, capacita y le entrega esa libertad - para que en un espacio y tiempo - haga lo suyo.
¿Cuándo pasará?

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