martes, 15 de febrero de 2022

La plata y la educación

Dada que la pobreza no es única sino caracterizada por niveles, en la que incluso se distingue hasta un rango de extrema pobreza, esta misma le juega en contra de su educación a los hijos de las familias pobres del país por cuanto la educación pública, acerca de la gratuidad, es un compromiso a medio cumplir por El Estado; es decir, mientras menos plata tiene una familia más difícil es que sus hijos sean mejor educados en lo que corresponda así concurran a una escuela pública.

Coincidiendo con lo dicho, existe un informe de la Defensoría del Pueblo, suscrito por su entonces representante, Sra. Beatriz Merino Lucero, en el que resalta la diferenciada educación en la escuela pública, y ésa pese a su gratuidad con la que suele promocionarse en cada gobierno. Entonces, sucede que al no funcionar dicha gratuidad porque es incompleta, la consecuencia es que sean las familias quienes intenten completarla con sus propios recursos, siendo cada vez más difícil el acceso de sus hijos a la educación pública mientras mayor sea su pobreza.   

Al bicentenario de nuestra independencia como nación legítima y soberana, y esencialmente en las últimas décadas, no hemos llegado a ninguna cúspide de triunfos y/o logros basados en la escuela pública, pareciendo, eso sí, habernos estancado en el camino o no haber escalado mucho porque si se trata de mediciones ahí están los vergonzosos resultados mantenidos en un tablero de récords; y si se trata de sociedad, ahí están quienes son más haciéndola se describa como mala o menos educada. Lo que no quiere decir que no haya gente bien educada, sino destacar el grado de la dependencia de la plata para poder educarse o recibir una buena educación.   

Sin embargo, la plata y la educación no debería mantener una relación de dependencia o condicionamiento, si a los maestros se refiere, porque suponemos que quienes lo somos no educamos mejor acá, mal allá y peor acullá. Entonces, habría que hacer un mea culpa quienes ostentan un título pedagógico y sirven en la escuela pública, empezando por reconocer lo negativamente vueltos dependientes sobre lo que esperan se les diga hacer frente a su realidad casi siempre disonante o discordante con eso dicho. Del mismo modo, entender que quienes son los llamados a valorar la profesión docente somos los propios maestros, y desde este punto hacerla se respete.

A mí, particularmente, no me preocupa que el profesorado siga embarcado en un navío sin timonel – ojo, no digo líder sindical – sobre un mar embravecido de tanta apariencia, sino que sea el propio profesorado quien no reconozca ni busque a sus timoneles, sometiéndose a lo que digan las autoridades que les van poniendo en frente por quienes realmente no consideran que en la educación básica está el freno a tanto, de tanto, de lo que nos lamentamos como sociedad.              



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