Dada que la pobreza no es única sino caracterizada por
niveles, en la que incluso se distingue hasta un rango de extrema pobreza, esta
misma le juega en contra de su educación a los hijos de las familias pobres del
país por cuanto la educación pública, acerca de la gratuidad, es un compromiso
a medio cumplir por El Estado; es decir, mientras menos plata tiene una familia
más difícil es que sus hijos sean mejor educados en lo que corresponda así
concurran a una escuela pública.
Coincidiendo con lo dicho, existe un informe de la
Defensoría del Pueblo, suscrito por su entonces representante, Sra. Beatriz Merino
Lucero, en el que resalta la diferenciada educación en la escuela pública, y ésa
pese a su gratuidad con la que suele promocionarse en cada gobierno. Entonces,
sucede que al no funcionar dicha gratuidad porque es incompleta, la
consecuencia es que sean las familias quienes intenten completarla con sus propios
recursos, siendo cada vez más difícil el acceso de sus hijos a la educación
pública mientras mayor sea su pobreza.
Al bicentenario de nuestra independencia como nación legítima
y soberana, y esencialmente en las últimas décadas, no hemos llegado a ninguna
cúspide de triunfos y/o logros basados en la escuela pública, pareciendo, eso sí,
habernos estancado en el camino o no haber escalado mucho porque si se trata de
mediciones ahí están los vergonzosos resultados mantenidos en un tablero de
récords; y si se trata de sociedad, ahí están quienes son más haciéndola se
describa como mala o menos educada. Lo que no quiere decir que no haya gente bien
educada, sino destacar el grado de la dependencia de la plata para poder educarse
o recibir una buena educación.
Sin embargo, la plata y la educación no debería mantener
una relación de dependencia o condicionamiento, si a los maestros se refiere, porque
suponemos que quienes lo somos no educamos mejor acá, mal allá y peor acullá.
Entonces, habría que hacer un mea culpa quienes ostentan un título pedagógico y
sirven en la escuela pública, empezando por reconocer lo negativamente vueltos dependientes
sobre lo que esperan se les diga hacer frente a su realidad casi siempre disonante
o discordante con eso dicho. Del mismo modo, entender que quienes son los llamados
a valorar la profesión docente somos los propios maestros, y desde este punto
hacerla se respete.
A mí, particularmente, no me preocupa que el
profesorado siga embarcado en un navío sin timonel – ojo, no digo líder
sindical – sobre un mar embravecido de tanta apariencia, sino que sea el propio
profesorado quien no reconozca ni busque a sus timoneles, sometiéndose a lo que
digan las autoridades que les van poniendo en frente por quienes realmente no
consideran que en la educación básica está el freno a tanto, de tanto, de lo
que nos lamentamos como sociedad.
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