Siguiendo con el
análisis, también habría que recordar para qué sirven las vacunas y porqué una
vez nacidos empiezan a vacunarnos contra una serie de enfermedades enlistadas
en una cartilla personal de vacunación. Entonces, es simple entender y concluir
que no vamos a padecer, agravar ni morir de cierta enfermedad contra la que estemos
vacunados. Lo que no quiere decir que dichas enfermedades desaparezcan o nunca
enfermar, sino que sabemos cómo evitarlas y combatirlas al convivir con su
existencia durante el transcurso de nuestras vidas.
La vacuna Covid-19
está aplicada en alto porcentaje de numerosidad poblacional a los grupos etarios
de alto riesgo como adultos mayores, población con morbilidad y demás, seguido
de adultos, jóvenes, adolescentes y niños hasta mayores de 5 años de edad. Lo
que implica que, en cuanto a la comunidad educativa, sus miembros están
debidamente vacunados; y si alguno no lo estuviera, no podría ser parte de la
misma, debiendo cada escuela dar a saber a su comunidad educativa y autoridades
pertinentes los casos en mención.
Como para cualquier
otra enfermedad, y muy aparte de la vacuna, están los hábitos de higiene y
precaución. Sin embargo, frente a la Covid-19 su cumplimiento no es cuando
quiera y como pueda, sino siempre y bien hecho; es decir, que, en cuanto al
aseo personal, el uso de prendas limpias, el uso de mascarilla, el lavado y
desinfección de las manos, la limpieza y desinfección de objetos y áreas o
zonas de alto tránsito o reunión, su cumplimiento es estricto, bien hecho y con
suma frecuencia.
Otro aspecto,
tal vez algo contrario a las medidas, pero alentador en los hechos, es
últimamente no haber significativo registro de mayores contagios ni casos de agravamientos
pese a la casi vuelta a la normalidad de diversas actividades realizadas en establecimientos
cuyos aforos acaban de aprobarse a su 100% de presencialidad. Ni qué decir del
día a día visto en las calles en cuanto a las ocurrencias de permanencia y
tránsito en las mismas. Entonces, a diferencia de las posibles omisiones sobre
salubridad de la gente en las calles, lo que ésta refleja es que la vacuna está
funcionando como escudo en la población vacunada.
Para ser más
exactos, 02 años son 730 días de los cuales la niñez y adolescencia ha visto
interrumpido también su desarrollo y crecimiento en aquel aprendizaje que va
más allá de una sesión de clase programada para lo presencial o virtual, y éste
es aquel donde casi todas las teorías de aprendizaje tienen su asidero sin
necesidad de la intencionalidad formal y programada descrita en el papel.
Entonces, y dadas las razones antes expuestas, no volver a la presencialidad o “un
medio volver” igualmente son menoscabar, no sólo tales aprendizajes no
ocurridos en tiempos de pandemia, sino retrasarlos una vez más. Considérese también
que habrá niños no volviendo sino yendo, por primera vez, a la escuela presencial
después de la experiencia – buena o mala – frente a un computador, televisor,
celular o radio.
Ahora bien, no
volver o retrasar la vuelta por cuestiones de pésima e inhabitable infraestructura
es cosa distinta, correspondiéndole a El Estado – esta vez sí o sí – asumir seria
y responsablemente su compromiso con la educación. Mientras tanto, en las
escuelas bajo condiciones favorables el plan de retorno a la presencialidad, no
sólo se basta de la limpieza de sus aulas y carpetas, sino del despojo de toda
aquella carga de actividades de la que solía aquejar al profesorado en tiempos
anteriores a la pandemia.
Un retorno a clases presenciales es para aprender por partida doble bajo un mismo escenario, siempre que el profesor no quite la vista de encima de lo que ocurre con sus aprendices, y no necesariamente frente a él o ella. Asimismo, el retorno a la presencialidad debe ser otra de las oportunidades para el profesorado de ir descubriendo su maestría.
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