miércoles, 10 de febrero de 2021

El floro de la calidad educativa

No SABER implica no saber HACER, y si también implica no saber SER, es la gota que derrama el vaso, y no habrá la tal calidad educativa con la que, dizque “consejeros", “asesores” y “especialistas” de la educación pública escolar, justifican sus puestos, cargos y demás.

A casi dos décadas de impuesto este otro modelo pedagógico que, amparara su imposición calificando de obsoleta a la educación tradicional, las evidencias son haber más floro que hechos en sí, así como más acciones en apariencias que educar en sí.

Es una lástima que quienes deberíamos opinar del asunto - salvo claras excepciones - bajemos prontamente la cabeza en señal de toda conformidad. Entre tantos, habiendo unos, aparentando hacer lo que ciertamente no se logra; y, otros, hasta habiéndosela creído ser sus inventores o autores. Consecuentemente, incorporado al vocabulario docente una serie de términos manoseados en el discurso y la  programación.

Si la escuela pública lleva consigo dos décadas involucrada, en hacer lo que le dicen seguir haciendo pese a  lo intrascendente de los resultados, entonces la responsabilidad también alcanza a quienes pudiéramos deponer esa autoridad, otorgada por la naturaleza de nuestra profesión, para que sean otros, no solamente quienes opinen, sino dispongan sobre nuestros propios asuntos. Lo que no implica incentivar a la rebeldía ni desobediencia sino invitar a la reflexión sobre las capacidades que nos definen como maestros.  

La calidad educativa empieza por diseñarse desde el preciso momento que están dadas por entendidas la valoración humana del profesor y el aprendiz como soporte para que cada quien también entienda cuál es su rol y el rol del otro. Lo que comprende - en el rol docente - saber, hacer y ser para enseñar y enseñar para aprender; mientras, en el rol del aprendiz, aprender para saber, hacer y ser.

Si hay comodidad a la hora de educar sería lo esperado, y la comodidad enriquece la calidad, pero no la empobrece. Es decir, aún sin comodidad podría haber calidad educativa en las escuelas públicas siempre que, de una vez por todas, cesen de enfrascar al docente en una tarea de elaboración de documentos que le roba tiempo al despliegue de sus capacidades para hacer una real labor docente.

Medirse la calidad educativa  por cuánto se escribe en el papel es floro.

No es nada difícil el cambio. Es tomar la decisión. La misma que no considera volver hacia atrás, sino rescatar lo hecho como trascendente ayer, para junto a lo hecho de intrascendente hoy, se defina una propuesta pedagógica peruana que sirva realmente para orientar la tarea educativa, y, también realmente,  respete la autonomía institucional; ya que, si de algo hay que enorgullecernos, es de esa capacidad creativa y entusiasta del docente cuando se le sabe dar su espacio, tiempo y lugar.

Si lo que pasa hoy no cambia, la propaganda sobre calidad educativa seguirá siendo floro.

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