Los textos escolares son un material complementario a las actividades académicas, y la selección específica, por tal o cual, se justifica bajo razón pedagógica del contenido más adecuado a la propuesta educativa de cada institución. Por lo mismo, es de suponer existan diversas editoriales de textos escolares en el mercado.
Pero, y nuevamente salvo claras excepciones, está vista una casi adictiva dependencia por tales materiales que hace rato requiere tratamiento aún sepamos que su privación desatará terribles síntomas de abstinencia.
El ejercicio de la docencia a nivel de la escuela básica exige mucho del profesor y poco de lo demás. Lo que supone su inquebrantable protagonismo por cuanto es capaz de saber, hacer y ser, no sólo para una clase, sino para toda la vida cuando sus aprendices lo recuerdan por lo mismo.
Hasta el 14 de Febrero estamos nuevamente obligados al encierro. Lo que ha vuelto a implicar obligar a no trabajar a quienes sino trabajan no ganan, siendo una mayoría.
Antes de la pandemia ocurría que la larga lista de útiles escolares asustaba al padre de familia por cuanto representaba en gastos. Así también la lista seleccionada de textos, aunque en este caso era molestia por la exigencia de su compra.
Con la pandemia, sino todo, casi todo ha tenido que ser distinto, y la misma sigue dándonos lecciones.
La vuelta a clases en pandemia no es volver al aula en sí, sino a enfrentarse nuevamente a las distintas realidades definidas esta vez por una computadora, laptop, tablet, celular, TV o radio.
Entonces, y reiterada las excepciones del caso, la lección más importante para quienes venimos siendo el profesorado es hacer las cosas distintas este año para dejar de aparentar estar educando.
No estar otra vez el profesor en persona implica desplegar una serie de acciones pedagógicas que empiecen principalmente por hacer saber a los aprendices que sus profesores - aunque lejos - están ahí, juntos a ellos y, sobretodo, interesados en ellos.
Si en lo presencial, la ausencia de un profesor a clases casi siempre se suple con aquello de obligar a los aprendices a sacar un texto para ponerlos a leer o completar los espacios en blanco, no hay peor error hacer sentir lo mismo cuando se supone - aunque remoto - el profesor estar acompañando para motivar y guiar a sus aprendices.
Es momento para considerar que la maestría del profesor no está en cuánto de los documentos de la renovada y exigente “carpeta pedagógica" logre tipear, encuadrar, imprimir y archivar, sino en cuánto es capaz de crear y producir - entre tanto, considerando la autoría de sus materiales - para que a un niño o adolescente lo entusiasme e interese aprender todo cuanto ese profesor tiene que mostrarle.
Habría que recordar que todo antes del ingreso por primera vez a una escuela lo aprendemos en casa, y nunca dejamos de aprender en ésta ni fuera de la misma distinta a la escuela.
También habría que considerar que no es tiempo ni todos tienen los recursos para salir a una librería donde, con lista en mano, empecemos a ir tachando de la lista lo que se va comprando. Para luego, también empezar a forrar por colores y etiquetar cuadernos tras cuadernos. Por lo mismo, considérese otras alternativas para sobrellevar y atender lo que esta pandemia pueda estar ocasionando de malo a muchas familias de acá, allá y acullá.
Por otro lado, el año pasado hubo mucho alboroto y queja del profesorado por sobre a quiénes se le había dado la tarea de educar sin ser profesor o no tener el título pedagógico. Sin embargo, su queja nunca advirtió que tales personas actuaban de profesores frente a la posibilidad que quienes lo eran no lo parecían.

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