lunes, 9 de agosto de 2021

La educación tradicional atemorizaba al alumno. Mientras la que transcurre atemoriza al docente.

La educación tradicional, aquella anterior a la imposición a rajatabla de la proclamada constructivista, por supuesto que tenía equivocados ciertos preceptos pedagógicos, pero no para generalizarlos haciéndonos creer que lo anteriormente hecho era una pedagogía obsoleta, y bajo esa razón ser suprimida o desterrada por completo del terreno de la educación básica escolar.

Si bien se transcurre bajo una corriente pedagógica haciendo notar que en la práctica educativa hay implicancias biológica, física, racional, cognitiva, emocional, social, psíquica, cultural, Etc., – llámenseles componentes de la integralidad del ser humano – se persiste en el error de hacerlo solamente para engrosar el diseño curricular y abultar la carpeta pedagógica. Consecuentemente, siga sometido el profesorado a forzar la conjugación de verbos en el papel en vez de su ejercicio pedagógico para atender las variantes de tales implicancias en el grupo humano dado como encargo su educación integral.        

Salvando las excepciones del caso, en la educación tradicional el error fue atemorizar al alumno con el cuco de la mala nota, la desaprobación o la repitencia del año, y en ciertas ocasiones el hecho fue agravado con el mal carácter o mal ejercicio de la autoridad del educador. Sin embargo, de algún modo hizo responder al educando frente a los retos propuestos y las obligaciones que les tocaba. En tanto la que transcurre ha traslado el error ahora dejando de atemorizar al alumno para atemorizar al docente, a quien desvestido de su autoridad está vuelto el blanco de los errores del sistema.             

Definitivamente ninguna debe atemorizar a nadie. Asimismo, ninguna creerla mejor que la otra como para imponerse a rajatabla la creída mejor mientras se desecha a la otra. Lo que sí hay que creer, no sólo es que cada una tiene lo suyo, sino eso suyo conjugarlo en un sistema que no atemorice ni aparente educar.      

Para la enseñanza y aprendizaje está entendido que debemos educar sobre la base de la integralidad del ser humano. Es decir, aquella cuyos elementos nos hacen a los seres humanos tan iguales y, a la vez, tan diferentes. Pero, tan iguales para marcar pautas básicas o elementales de lo que se quiere lograr igualmente con los educandos, y tan diferentes para diseñar otras que potencien esas diferencias o las mismas no le sean adversas en sus procesos de enseñanza y aprendizaje.

Es de suponer que quien educa posee educada esa integralidad. Es decir, es un hombre o mujer íntegra – claro, sin dejar de ser imperfecto – porque sólo así entenderá de integralidad para avocarla en su tarea docente. Es quien no atemoriza ni deja lo atemoricen. Sin embargo, no pasan de ser aquellos pocos profesores que los hoy jóvenes o adultos puedan seguir recordando con cariño. Entonces, estamos frente a la necesidad de un modelo pedagógico que empiece por encargar a cada institución educativa dé cuenta de la integralidad de sus miembros, la misma ya no dada por sobreentendida ni expresa en un papeleo de documentos, sino activa por sus actos. Seguido, no sólo de lo que sus educandos igualmente deberán aprender, sino también de lo que los hará diferentes para justamente sobresalir cada quien en lo suyo, y se empiece también a darle sentido al valor del respeto; en este caso al de las diferencias.

Para enseñar y aprender no debe atemorizarse a nadie. Tampoco, dejar de atemorizar para trasladarse hacia el otro extremo donde estaría el desahogo. Hay pruebas demás de que atemorizando los resultados esperados son efímeros, ya que solo y únicamente importa quitar el temor de encima; mientras el desahogo ha degenerado en atrevimiento, frescura y hasta descaro.       

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario