La educación tradicional, aquella anterior a la imposición a rajatabla de la proclamada constructivista, por supuesto que tenía equivocados ciertos preceptos pedagógicos, pero no para generalizarlos haciéndonos creer que lo anteriormente hecho era una pedagogía obsoleta, y bajo esa razón ser suprimida o desterrada por completo del terreno de la educación básica escolar.
Si bien se transcurre bajo una corriente pedagógica haciendo
notar que en la práctica educativa hay implicancias biológica, física, racional,
cognitiva, emocional, social, psíquica, cultural, Etc., – llámenseles componentes
de la integralidad del ser humano – se persiste en el error de hacerlo
solamente para engrosar el diseño curricular y abultar la carpeta pedagógica. Consecuentemente,
siga sometido el profesorado a forzar la conjugación de verbos en el papel en
vez de su ejercicio pedagógico para atender las variantes de tales implicancias
en el grupo humano dado como encargo su educación integral.
Salvando las excepciones del caso, en la educación
tradicional el error fue atemorizar al alumno con el cuco de la mala nota, la desaprobación
o la repitencia del año, y en ciertas ocasiones el hecho fue agravado con el
mal carácter o mal ejercicio de la autoridad del educador. Sin embargo, de algún
modo hizo responder al educando frente a los retos propuestos y las obligaciones
que les tocaba. En tanto la que transcurre ha traslado el error ahora dejando
de atemorizar al alumno para atemorizar al docente, a quien desvestido de su
autoridad está vuelto el blanco de los errores del sistema.
Definitivamente ninguna debe atemorizar a nadie.
Asimismo, ninguna creerla mejor que la otra como para imponerse a rajatabla la
creída mejor mientras se desecha a la otra. Lo que sí hay que creer, no sólo es
que cada una tiene lo suyo, sino eso suyo conjugarlo en un sistema que no
atemorice ni aparente educar.
Para la enseñanza y aprendizaje está entendido que debemos
educar sobre la base de la integralidad del ser humano. Es decir, aquella cuyos
elementos nos hacen a los seres humanos tan iguales y, a la vez, tan diferentes.
Pero, tan iguales para marcar pautas básicas o elementales de lo que se quiere
lograr igualmente con los educandos, y tan diferentes para diseñar otras que
potencien esas diferencias o las mismas no le sean adversas en sus procesos de
enseñanza y aprendizaje.
Es de suponer que quien educa posee educada esa
integralidad. Es decir, es un hombre o mujer íntegra – claro, sin dejar de ser
imperfecto – porque sólo así entenderá de integralidad para avocarla en su
tarea docente. Es quien no atemoriza ni deja lo atemoricen. Sin embargo, no
pasan de ser aquellos pocos profesores que los hoy jóvenes o adultos puedan seguir
recordando con cariño. Entonces, estamos frente a la necesidad de un modelo pedagógico
que empiece por encargar a cada institución educativa dé cuenta de la
integralidad de sus miembros, la misma ya no dada por sobreentendida ni expresa
en un papeleo de documentos, sino activa por sus actos. Seguido, no sólo de lo
que sus educandos igualmente deberán aprender, sino también de lo que los hará
diferentes para justamente sobresalir cada quien en lo suyo, y se empiece
también a darle sentido al valor del respeto; en este caso al de las diferencias.
Para enseñar y aprender no debe atemorizarse a nadie.
Tampoco, dejar de atemorizar para trasladarse hacia el otro extremo donde estaría
el desahogo. Hay pruebas demás de que atemorizando los resultados esperados son
efímeros, ya que solo y únicamente importa quitar el temor de encima; mientras
el desahogo ha degenerado en atrevimiento, frescura y hasta descaro.

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