Han transcurrido dos décadas jugando a un juego cuyas reglas te las cambian de un modo tal que no se sabe finalmente a qué jugamos.
Hace dos décadas las
reglas del juego anterior, no sólo fueron suprimidas, sino aborrecidas por
quienes nos presentaron otro juego – sigo en metáfora – esta vez de competencia
olímpica y mundial. Sin embargo, durante el transcurso de esas dos décadas no
hemos clasificado a ningún campeonato local, panamericano, libertador, olímpico
o mundial. Ni siquiera con el chance matemático de la suma y resta de puntos.
Entonces: - ¿A qué
jugamos?
La escuela de la
educación básica está obligada a jugar bajo sus propias reglas, y no bajo la
imposición de lo que ha dado suficiente prueba durante dos décadas que sólo
sirve para aparentar que se educa.
El Estado está obligado
a reivindicar la autoridad del profesor tanto en la escuela como la sociedad.
Empezando por declarar su idoneidad para el debate, definición y decisión sobre
sus propias reglas de juego. Seguido del respaldo a la escuela para su extensión
educadora sobre los hogares siempre que estos den clara señal que no están educando
en lo suyo, y no como sucede en contrario, toda vez el profesor siga expuesto
al maltrato de cualquier otra persona a consecuencia de esa malentendida
interpretación de un derecho que el mismo Estado ha promovido sin aclarar dónde
está el malentendido. Asimismo, debe romper esa verticalidad haciendo sentir al
profesor la pieza última de un sistema, y quienes lo manejan, que lo cree hecho
sólo para obedecer, debiendo desenmascarar a esos cucos – muchos de los cuales
disfrazados de especialistas o acompañantes pedagógicos – que no hacen sino
asustar o atemorizar al colega en vez de servir u orientar – valga la ironía –
educadamente a quien comparte la misma vocación de servicio.
Por otro lado, y salvando
las excepciones en cada caso, desde la trinchera del profesorado, no se crea
todo transcurre sin novedad. Se sabe bien que hasta días antes del encierro por
la pandemia estaba visto un repetitivo descontrol emocional, perturbando la
conducta de quienes están sujetos a guardar el mayor de los celos posibles sobre
sus actos porque su tarea es la educación integral de la persona. También, cuenta
el caso de quienes por tener la condición de “nombrados” en el sector andan creyendo
que la misma le otorga inmunidad, oponibilidad y desatención a cualquiera de
las iniciativas de mejora institucional, y lo peor del caso, a sus obligaciones
en sí; inadvirtiendo que cualquiera de tales malas creencias entorpece la
misión hacia la visión que esperan alcanzar quienes tienen conciencia de servir
por vocación en la formación de nuevas y mejores generaciones.
Definitivamente tanto
el Estado como el profesorado tiene que hacer lo suyo, y lo suyo en cuanto a
dejar de aparentar que se educa en altas y diversas competencias, y ahora éstas
bajo “evidencias”, que según dicen del aprendiz saber, hacer y ser, pero sólo para
el contento de quienes una vez nos dijeron que la educación anterior a este
juego era obsoleta.
No dudo que la escuela
privada esté haciendo lo suyo. Sin embargo, y ya que la propaganda provino del
propio Estado, debería hacerse cierto aquello de: ¡Aquí nadie se queda atrás!!!

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