martes, 3 de agosto de 2021

¿A qué jugamos?


Han transcurrido dos décadas jugando a un juego cuyas reglas te las cambian de un modo tal que no se sabe finalmente a qué jugamos.

Hace dos décadas las reglas del juego anterior, no sólo fueron suprimidas, sino aborrecidas por quienes nos presentaron otro juego – sigo en metáfora – esta vez de competencia olímpica y mundial. Sin embargo, durante el transcurso de esas dos décadas no hemos clasificado a ningún campeonato local, panamericano, libertador, olímpico o mundial. Ni siquiera con el chance matemático de la suma y resta de puntos.

Entonces: - ¿A qué jugamos?

La escuela de la educación básica está obligada a jugar bajo sus propias reglas, y no bajo la imposición de lo que ha dado suficiente prueba durante dos décadas que sólo sirve para aparentar que se educa.

El Estado está obligado a reivindicar la autoridad del profesor tanto en la escuela como la sociedad. Empezando por declarar su idoneidad para el debate, definición y decisión sobre sus propias reglas de juego. Seguido del respaldo a la escuela para su extensión educadora sobre los hogares siempre que estos den clara señal que no están educando en lo suyo, y no como sucede en contrario, toda vez el profesor siga expuesto al maltrato de cualquier otra persona a consecuencia de esa malentendida interpretación de un derecho que el mismo Estado ha promovido sin aclarar dónde está el malentendido. Asimismo, debe romper esa verticalidad haciendo sentir al profesor la pieza última de un sistema, y quienes lo manejan, que lo cree hecho sólo para obedecer, debiendo desenmascarar a esos cucos – muchos de los cuales disfrazados de especialistas o acompañantes pedagógicos – que no hacen sino asustar o atemorizar al colega en vez de servir u orientar – valga la ironía – educadamente a quien comparte la misma vocación de servicio.

Por otro lado, y salvando las excepciones en cada caso, desde la trinchera del profesorado, no se crea todo transcurre sin novedad. Se sabe bien que hasta días antes del encierro por la pandemia estaba visto un repetitivo descontrol emocional, perturbando la conducta de quienes están sujetos a guardar el mayor de los celos posibles sobre sus actos porque su tarea es la educación integral de la persona. También, cuenta el caso de quienes por tener la condición de “nombrados” en el sector andan creyendo que la misma le otorga inmunidad, oponibilidad y desatención a cualquiera de las iniciativas de mejora institucional, y lo peor del caso, a sus obligaciones en sí; inadvirtiendo que cualquiera de tales malas creencias entorpece la misión hacia la visión que esperan alcanzar quienes tienen conciencia de servir por vocación en la formación de nuevas y mejores generaciones.

Definitivamente tanto el Estado como el profesorado tiene que hacer lo suyo, y lo suyo en cuanto a dejar de aparentar que se educa en altas y diversas competencias, y ahora éstas bajo “evidencias”, que según dicen del aprendiz saber, hacer y ser, pero sólo para el contento de quienes una vez nos dijeron que la educación anterior a este juego era obsoleta.

No dudo que la escuela privada esté haciendo lo suyo. Sin embargo, y ya que la propaganda provino del propio Estado, debería hacerse cierto aquello de: ¡Aquí nadie se queda atrás!!!    

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