Vayan con cuidado. Sobre todo, cuando no por más se sabe más. Ni por
menos se sabe menos.
Hasta hoy son más de 40 días vividos bajo amenaza de un virus altamente
contagioso que puede ocasionar la muerte. Frente a ese peligro se ha priorizado
la seguridad y conservación de la salud, obligando a toda persona a quedarse en
casa sin poder salir hasta que cese el peligro y la amenaza.
Por tanto, no es un tiempo cualquiera, y como tal, tampoco placentero ni especial por más sonidos y colores de optimismo queriéndosele adornar.
Es un tiempo de cuidados intensivos.
Por tanto, no es un tiempo cualquiera, y como tal, tampoco placentero ni especial por más sonidos y colores de optimismo queriéndosele adornar.
Es un tiempo de cuidados intensivos.
¿Se entiende?
Ojalá lo entendieran todos quienes, pese al estado de emergencia,
empezaron con la discusión sobre pensiones escolares versus la alternativa de
las clases remotas. Específicamente, en el sector de las escuelas privadas.
Porque, tanto la motivación de las discusiones como las respuestas en las
decisiones – incluidos Ministerio de Educación y dizque “defensores del
consumidor” –, no han advertido su error de pensar y actuar bajo un absoluto ADULTOCENTRISMO, olvidándose del tiempo
que a todos – incluidos sus hijos y alumnos – toca enfrentar; mangoneando a los
niños y adolescentes dentro de ciertas malas decisiones impuestas, o por
imponerse, para obligarlos a cumplir hagan lo que parece – más que bien – no
hecho a su consideración sino a satisfacción de ciertos adultos.
La educación privada no es gratuita. Tampoco, es igual. Existen serias condiciones
y factores, no sólo diferenciando el servicio educativo privado, sino
ubicándolo en extremos tan distintos pese a su categoría de escuelas privadas.
La permanencia obligatoria por más de 40 días dentro de casa, sin poder
salir de ésta, es excepcional. Consecuentemente, la suspensión de las clases a
nivel nacional también lo es. Entonces, si se sabe excepcional también debería
entenderse su porqué de tal excepcionalidad.
El inicio de las discusiones sobre el pago o no pago de las pensiones, o
cuánto pagar por las clases remotas, no ha sido necesariamente a partir de la
motivación de la búsqueda del bienestar de quienes, no con la característica
entereza del adulto frente a una emergencia, también se los ha reprimido de lo
que les significa sus vidas de niño o adolescente. Por el contrario, y aun
pudiendo haber quien lo niegue, pareciera que tenerlos en casa estos días
hubiese despertado en ciertos grupos de adultos otras emociones o sentimientos
distintos al que debiera primar en esta situación de crisis como lo sería el
agradecimiento y la tranquilidad de tenerlos sanos y a salvo en casa.
De las discusiones, lo que de éstas sí se ha desprendido es cierta
desesperación de algunos, convertida en otro virus altamente contagioso a
otros, por no saber qué hacer con los hijos en casa. Obligando enfáticamente a
las escuelas a que se ocupen de un mal entendido tiempo de ocio de los hijos,
previamente a negociación del costo de aquello en demanda.
La alternativa de la educación online para niños y adolescentes no es
una práctica regular o cotidiana en la escolaridad.
La política educativa promueve el uso de las denominadas tecnologías de
la información y comunicación (TICs). Pero, en la práctica, y en la mayoría de
las escuelas privadas y públicas, es más un recurso complementario al sistema
escolar que se rige por lo presencial.
Las TICs tienen como verdugo a la propia política educativa, ya que no
llegan ni alcanzan a todos. Es una realidad desnuda y anterior a lo que también
ha desnudado la cuarentena en cuanto a la Educación Básica Escolar en el
Perú.
Sin embargo, y ya que por el Adultocentrismo se han apresurado las cosas
respecto a la escolaridad, la alternativa de lo online para ocupar la
titularidad de las clases escolares no tendría por qué sobrevalorarse ni tampoco
desmerecerse en una discusión donde clara y realmente no todos están en la
misma posición ni condición a pesar de decirse escuela privada. De la misma
manera, no tendría por qué haber escuelas extremando su aplicación – online
– al punto de forzar todo lo que se hacía antes de modo presencial, durante horas y días de la
semana, a un modo virtual para justificar el costo o posible poca rebaja de la
pensión escolar.
Definitivamente, haberse apresurado ha generado malas decisiones que ya
están obligando a pequeños niños a sentarse frente a un computador, y si no lo
tuviera frente a un teléfono celular de 7 pulgadas de tamaño, exigiéndole tanto
el padre como la escuela su atención durante una jornada casi o igual a la cantidad
de horas presenciales y con un mínimo y único descanso.
Hay malas decisiones si se establecen horarios de clases virtuales sin
reparar en el hecho de quién acompaña al niño a adolescente en casa. Más, si
son las propias escuelas las que saben del alto porcentaje de familias
disfuncionales. Asimismo, sin reparar en la poca incidencia de familias con
hijos únicos. Siendo más las familias con un mínimo de dos hijos; entre ellos,
recién nacidos o infantes quienes demandarían la atención de la madre además
del hijo o hijos en clases virtuales. Todo esto, sin dejar de considerar las
demandas derivadas del hecho propio de los quehaceres y otras atenciones
inmediatas del padre o la madre cuando se tiene a todos juntos en casa.
Hay malas decisiones si el primer contenido a desarrollar fue el
coronavirus, ya que por culpa del adultocentrismo las capacidades serán pensar,
hablar y soñar coronavirus. Es una lástima que cierto profesorado haya creído que
era pedagógicamente oportuno.
Hay malas decisiones si la selección de habilidades, aptitudes y capacidades
están forzadas en su desarrollo a través de una interacción que sólo se logra
de modo presencial.
Hay malas decisiones si los carteles de contenidos antes no se han
depurado porque la pedagogía no funciona si se cree que lo presencial es tan
igual a lo virtual, o que aquí nada ha cambiado ni debe cambiar. Lo que no
niega que la educación virtual logre los aprendizajes esperados, pero los que
se esperaría mediante la educación virtual previo proceso de una clase con
mayor exigencia en su elaboración.
Hay malas decisiones si el medio virtual sirve también para el encargo
de recargadas, abundantes y distintas tareas, impresiones y escaneo, devenidas
de todas las áreas curriculares posibles que la escuela haya podido incluir.
Hay malas decisiones si el profesorado cree que puede interactuar con
los más pequeños como en el modo presencial. Ahí, están vistos los casos en los
que profesoras se pasan el tiempo preguntando a uno por uno de sus alumnos
mientras son más lo que pierden la poca concentración frente al monitor o
pantalla de celular.
Habrá malas decisiones siempre que la escuela no repare en sus posibles
malas decisiones durante el modo presencial queriendo repetirlas en el modo
virtual.
Si el Ministerio de Educación no pasara por alto la desorientación
pedagógica en la que puedan estar incurriendo ciertas escuelas, y siquiera por
esta vez dejara de actuar como el primer y mayor enemigo de su propia gente,
podría enmendar su mala fama de desorientador pedagógico y poco amigo del
maestro.
Si el discurso del Gobierno ha sido que la educación no debe parar, por
el mismo habrá que exigirle mayor cuidado en este tiempo de cuidados
intensivos. Sobre todo, si dejara creer en la población que no importa la
calidad de las clases virtuales sino la cantidad con tal de mantener ocupado a
los hijos y se justifique la paga.
